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50 AÑOS DEL MAYO-68

Los cambios no vinieron de París

Andreu Claret

Algunos domingos por la tarde, yo cogía el 29 en la plaza de la Universitat, me sentaba en una ventanilla y no me bajaba del tranvía hasta haber recorrido lo que llamaban la Circunvalación. Si no recuerdo mal, íbamos por las rondas, el paseo de sant Joan, lo que es ahora el paseo de Picasso, luego cogíamos Colón, el Paral·lel y Urgell, hasta llegar de nuevo a donde habíamos salido. Era finales de 1963, yo había nacido en Francia, en una familia republicana, y acababa de llegar a Barcelona. Solo, porque a mis padres les quedaba todavía un año de exilio. Al tranvía ya no le llamaban la carroza de los pobres, pero suponía la oportunidad de viajar hasta el vientre de la ciudad. Recuerdo aquellas tardes como las de un muchacho de 17 años que buscaba descubrir una Barcelona más real, más sensual, menos envarada que la de la Bonanova, donde yo vivía. Estos viajes iniciáticos constituían un auténtico choque entre el país en el que yo había pasado mi adolescencia y aquel en el que vivía. Recordarlos viene a cuento para subrayar lo que supusieron los vientos de rebelión y de cambio que soplaron en Mayo de 1968. 

Dos mundos

En 1963, no me hizo falta viajar hasta las Hurdes o leer a Goytisolo para constatar que los Pirineos todavía separaban dos mundos. Para empezar, dos mundos políticos. Mientras Sartre publicaba 'Les Mots', su atormentada autobiografía, y se negaba a recoger el Premio Nobel, en España, aquel mismo año moría fusilado el dirigente comunista Julián Grimau. En lo político, la dictadura no empezaría a agrietarse hasta la ley de prensa de Fraga de 1966. En lo económico, algunos tecnócratas del Opus Dei habían sentenciado la autarquía cuatro años antes, pero la economía, ya se sabe, siempre va por delante, y el país permanecía cerrado y ensimismado. Mientras la sociedad francesa llevaba siglos de tradición laica y liberal, la española, incluida la catalana, estaba marcada por la moral católica. Cuando yo llegué a Barcelona, la ciudad ya no vivía bajo el yugo moral del Congreso Eucarístico, pero tuve que subirme al 29 para ver las primeras parejas besarse debajo de un soportal. Y no lo conseguía hasta que pasábamos entre la Estación de França y el Mercado del Born. Para alguien como yo, que venia de Toulouse, donde los adolescentes nos besábamos en cualquier esquina, incluso en la plataforma del autobús que nos llevaba al colegio, aquello era un tormento. En Francia, el beso callejero había sido inmortalizado por un fotógrafo de 'Life' al quedar París liberada de los nazis. En la España de Franco, no empezó a generalizarse hasta unos años más tarde. Hasta que vimos que en París se besaban encima de las barricadas. 

Una Barcelona provinciana

He querido recordar la impresión que me produjo el paisaje humano de la Barcelona de la primera mitad de los años sesenta, para subrayar que el cambio que se produjo en España en la segunda mitad de la década fue prodigioso. En 1963, Barcelona me pareció una ciudad provinciana. Más provinciana que Toulouse que ya es decir. Ya sé que en algunos círculos universitarios, no era así, pero el grueso de la sociedad estaba todavía anclado en el pasado. 

¿Qué influencia tuvo el Mayo del 68 en este cambio? Es difícil apreciarlo, pero pienso que seria injusto decir que todo empezó tras el Mayo parisino. Al país habían empezado a estallarle antes las costuras, forzadas por el SEAT 600, las oleadas de inmigrantes, y las de turistas que llegaron a nuestras playas. Y la universidad española, sobretodo la catalana, anticipó algunos de los asaltos al orden establecido que luego vimos en París. Antes de que los universitarios franceses ocuparan la Sorbona nosotros habíamos ocupado muchas aulas para constituir un sindicato democrático. Nada cambió tanto nuestras vidas como aquella aventura que rompió normas, horarios, y estrictas jerarquías familiares y nos dotó de un nuevo lenguaje. Para quienes iniciaron el movimiento, Berkeley constituyó un anticipo. Allí, en 1964, había tomado cuerpo un movimiento que unía la revuelta social con la generacional, el cambio del sistema con el de la manera de vivir, de hablar, de escuchar música y de amar. Aquel mismo año, en Catalunya se fundó CC.OO y empezó a tomar cuerpo el sindicato de estudiantes. Nada hay como la experiencia colectiva para modificar el comportamiento de toda una generación. 
Andreu Claret es periodista y escritor.
 

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