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NUEVA MIRADA SOBRE LA TRANSICIÓN

La coronación en el Congreso del rey Juan Carlos, junto a Sofía, el príncipe Felipe y las infantas Elena y Cristina, el 22 de noviembre de 1975.

Sandra y el Rey

Olga Merino

Todo proceso histórico necesita el lapso de al menos 25 años para ser cribado por el cedazo de la novela

Acabo de leer la última y excelente novela de Clara UsónEl asesino tímido (Seix Barral), justo el día en que se conmemora el 87º aniversario de la proclamación de la República, y puede que no sea casualidad. Usón ha escrito un libro de los de meter caña, tomando como pretexto narrativo el caso de Sandra Mozarovski, una actriz de los años del destape a la que no habrán olvidado los más veteranos del lugar: un bellezón sensual de ojos verdes que murió defenestrada, a los 18 años, desde la terraza de su casa. Nunca quedó claro si se trató de suicidio, accidente o si recibió ayuda en el tránsito, pero persistió durante años el runrún de que había sido presunta amante del Rey. Del emérito.

Aunque El asesino tímido no se circunscribe a la transición —sería injusto el reduccionismo—, sí representa una invitación a reflexionar sobre el espejismo de aquellos años y el origen de una monarquía amañada por Franco. El historial de Juan Carlos I contaba con varios ingredientes, incluida la traición al padre, para haberlo convertido en un personaje de tintes shakesperianos y, sin embargo, se quedó en una criatura gatopardiana acomodada en la farsa del todo debe cambiar para que nada cambie. Y en ello seguimos: corrupción hasta las trancas, judicialización de la política, la eterna componenda.

Todo proceso histórico necesita el lapso de al menos 25 años para ser cribado por el cedazo de la novela, y de un tiempo a esta parte viene emergiendo una mirada más sincera, más afilada, sobre aquellos años por parte de los baby boomers (pienso en Usón, en Marta Sanz, en Antonio Orejudo), una generación, también la mía, demasiado joven para correr delante de los grises y ya vieja para acampar en las plazas durante el 15-M. Fuimos los de la movida y el toples, los que dimos la democracia por hecha, los que íbamos a comernos el mundo y no llegamos muy lejos.

Por lo menos, nos están contando las cosas de otra manera: el supuesto milagro español, el de haber pasado de la dictadura a la democracia en lo que dura un pasodoble, se pareció demasiado al retrato de Dorian Gray; el chapapote estaba detrás del espejo. 

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