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Civiles gaseados, sí; refugiados, no

Ramón Lobo

Las imágenes del ataque químico sobre Duma son terribles: medio centenar de muertos, más de mil heridos, muchos de ellos niños. Aunque Moscú habló de montaje, todo parece indicar que Bashar el Asad escogió la vía rápida para conquistar uno de los últimos bastiones rebeldes cerca de Damasco. Asad tiene el respaldo de Rusia y sabe que EEUU carece de una alternativa militar a su régimen; es él o el terrorismo yihadista. Pese a ello, Donald Trump ordenó  bombardeos sobre objetivos relacionados con la producción de armas químicas. Su mensaje es claro: no soy Barack Obama. Veremos cuáles son las consecuencias.

El presidente de EEUU asegura que Asad es un criminal de guerra. No es lo que no decía en la campaña electoral contra Hillary Clinton. Francia y Reino Unido han participado en el ataque para revestirlo de frente amplio. Se supone que ha pesado su condición de antiguas potencias colonizadoras. Mal asunto porque son los responsables de muchos de los problemas actuales, crearon países e inventaron fronteras.

¿Por qué les escandalizan las víctimas del ataque químico de Duma y no los cinco millones de refugiados que huyeron de este y de otros muchos horrores? ¿Por qué no dicen nada de la tragedia de los miles de refugiados olvidados en Grecia, de los muertos del Mediterráneo o de los refugiados devueltos a Turquía tras un pacto que las organizaciones de defensa de los derechos humanos tildan de vergonzante?

La indignación no salva vidas

Los gaseados de Duma son víctimas de una guerra civil que ha matado a más 500.000 personas en siete años. No son diferentes de los más de 3.400 muertos que llevamos en 2018. Lo ocurrido es intolerable, pero nuestra reacción la sitúa en el mismo escalón de la foto del niño Aylan Kurdi. Mueve conciencias, denuncia, pero solo hasta que la indignación se apaga. La indignación fuera de contexto no deja de ser una pose, no salva vidas ni pone fin a una guerra.

El contexto es que siete años después en Siria solo hay víctimas y verdugos. Cualquier solución política y militar es un problema. Ha sido (y aún es) una guerra por delegación que en su final corre el riesgo de transformarse en un polvorín regional. También hay peligro de que salte una chispa entre EEUU y Rusia. No sabemos qué quiere Trump, un día afirma que quiere sacar sus tropas de Siria; otro lanza bombas. Es difícil lidiar con un tipo que vive en una montaña rusa emocional, que anuncia ataques por Twitter con un lenguaje infantil pavoneándose delante de Putin: “Prepárate, los misiles van a llegar, bonitos, nuevos e inteligentes”.

Marcar distancias con Obama

Hace un año, Trump ordenó atacar la base aérea siria de al Shayrat, desde la que despegaron los aviones que lanzaron gas sarín sobre Jan Sheijun. Cayeron 59 misiles Tomahawk. Parece un exceso porque tienen un precio que oscila entre el medio millón y 1,5 millones de dólares por unidad, según el modelo. Trump ya tenía como objetivo demostrar al mundo que él no era Obama, quien en agosto de 2013 fue incapaz de cumplir su amenaza. Obama se encontró ante el problema de que bombardear a Asad favorecía al Estado Islámico y a Al Qaeda.

Rusia, Irán, Líbano juegan en el equipo de Asad, por entendernos. Han sido claves, junto a los kurdos, en la derrota del EI y demás grupos radicales. En el equipo contrario están Arabia Saudí, Emiratos Árabes y Egipto. Estaría también Israel al que, de momento, le interesa pasar desapercibido. Les une la enemistad manifiesta contra Irán. Deberíamos sumar a este equipo al EEUU de Trump, que además de ser amigo de todos, les vende armas al por mayor.

Es curioso que el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, arrastre varios casos de corrupción que podrían acabar con su carrera política. El enemigo exterior es su cortina de humo. Pero no es lo mismo practicar el tiro al blanco (al palestino) en la frontera de Gaza que iniciar una guerra en Líbano y arriesgarse a un enfrentamiento directo con Rusia en Siria.

Todos --Asad y Putin, incluidos-- están jugando con fuego. Cualquier chispa podría acabar en un desastre. Mientras, debajo del tablero del Risk están los civiles que tanto nos preocupan según qué imagen. Ejemplos: un 85% de los menores sirios refugiados vive en situación de pobreza. No es que no vayan al colegio, es que apenas comen. En siete años de guerra, dos de cada tres niños ha sido testigo de una muerte violenta. Los que lograron escapar a través de los Balcanes, solos o acompañados, se toparon con la Europa fortaleza. Del welcome pasamos a los muros, a las alambradas, a la xenofobia. Sí en esta guerra solo quedan víctimas e hijos de puta, ¿en qué bando nos situamos?

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