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Dos miradas

La estrategia de Facebook abona la comodidad de las ideas que nos satisfacen... Se acaba la discrepancia, emerge la amenaza de la verdad que pensamos poseer

Hace unos meses, un antiguo directivo de Facebook, el exvicepresidente Chamath Palihapitiya, advertía que la red social es «una amenaza para la salud pública y la democracia». El escándalo de Cambridge Analytica ha demostrado que aquellas predicciones (o más que eso: faro para navegantes) eran ciertas y comprobables y que, efectivamente, estamos en manos de quien quiere (y puede) usar nuestras manías, nuestros miedos, los entusiasmos y las debilidades, como un arma política. La estrategia de Facebook –o de quien se aprovecha de las grietas en la privacidad del sistema– es un procedimiento recursivo: si aplicamos la misma regla, lo que queremos se puede repetir tantas veces como sea necesario.

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La confirmación de la recurrencia se da, por ejemplo, cuando buscamos un apartamento de alquiler, por ejemplo, en París. Desde entonces, la lluvia de apartamentos parisinos es insistente, obsesiva, porque el algoritmo (o lo que sea) piensa que volveremos allí. O si hemos comprado un cepillo de dientes por internet, o un libro, o una crema para después del afeitado.

Del mismo modo, este espacio que un día visitamos –el de las ideas que expresamos con tanta ingenuidad– se reafirma en la comodidad de las ideas que nos satisfacen. No se trata tanto de inventar noticias como de acceder a las que remachan el clavo. Si son falsas o no, da igual. Nos reafirman, nos consolidan. Se acaba la discrepancia, emerge la amenaza de la verdad que pensamos poseer.

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