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TENSIÓN DIPLOMÁTICA

No estamos ante una confrontación ideológica planetaria sino en un generalizado "sálvese quien pueda" que augura tiempos de mayor tensión entre los principales actores

Envenenamiento de espías, expulsión de diplomáticos, incremento del gasto militar, anuncios de nuevas armas nucleares, demostraciones de fuerza, patrullas aéreas y despliegues terrestres en zonas sensibles… Ante esta concentrada repetición de datos tan habituales durante la Guerra Fría y la necesidad humana de enmarcarlos en algún esquema conocido, nuestra memoria nos juega una mala pasada, haciéndonos creer que la historia se repite. Pero hoy, instalados en el pensamiento único de un capitalismo sin fronteras, no estamos ya ante una confrontación ideológica planetaria entre dos aspirantes al liderazgo mundial, pugnando por imponer su modelo político y económico y obligando al resto de países a alinearse en dos bandos enfrentados.

Sin una brújula que señale el camino, sin una ONU eficaz y sin un líder mundial ya reconocible, en lo que sí estamos es en un generalizado “sálvese quien pueda” que augura tiempos de mayor tensión entre los principales actores. Por un lado, Estados Unidos apunta a un abandono de su papel de imperfecto policía mundial, más como señal de su propia desorientación que de una debilidad real (conviene no olvidar que es el primero de la clase en el campo militar, económico, tecnológico, cultural y energético). Con Trump al frente parece cada vez más claro que de Washington solo caben esperar desplantes a sus aliados y demostraciones de fuerza militarista, en un giro que va dejando atrás el énfasis en el terrorismo yihadista para centrarse mucho más en la competencia estratégica global (con Rusia y China como referentes principales).

Zona de Influencia

En esas circunstancias, Rusia procura aprovechar la oportunidad de volver a recuperar una zona de influencia propia, tanto en Europa Oriental como en Asia Central, y ser tratado como un grande. Su juego consiste simultáneamente en tratar de romper la unidad trasatlántica e intraeuropea, convertirse en interlocutor imprescindible (Siria, Libia…) y acogotar a sus vecinos más débiles. Pero Putin sabe que su apuesta tiene los pies de barro, en la medida en que su esfuerzo para garantizar la paz social y mostrar músculo en el exterior depende de una variable (los precios de los hidrocarburos) que no puede manejar a su antojo.

Por su parte, China ve cada vez más cerca el momento en el que vuelva a ocupar el lugar natural que cree que históricamente le corresponde: el centro. No solo se ha convertido en la segunda economía mundial sino también en la segunda potencia militar, aunque todavía a considerable distancia de EEUU. Entre sus principales asignaturas pendientes están no solo controlar las enormes desigualdades internas y la transición a un nuevo modelo económico basado en el consumo y la innovación, sino también restar protagonismo a Washington en la zona Indo-Pacífico, lo que incluye evitar que sus vecinos, y sobre todo India, pasen decididamente a la órbita estadounidense.

Esto no es Guerra Fría, es lucha descarnada por el poder entre grandes. Y, por cierto, la Unión Europea no parece estar en lista.

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