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TRIBUNA

Ciencia y serendipia

Mariano Marzo

Ya dijo Asimov que en ciencia la exclamación más apasionante no es 'eureka', sino 'qué curioso'

El Diccionario de la Lengua Española define la palabra serindipia como «hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual». El término es una adaptación del vocablo inglés serendipity, derivado de Serendip (nombre árabe de la actual Sri Lanka) cuya primera aparición hay que buscarla en un cuento de Horace Walpole (Los tres príncipes de Serendip) basado en una antigua tradición oral persa. El neologismo, introducido formalmente en 2014, sería más o menos equivalente a los de chiripa («carambola», «casualidad favorable»), churro («acierto casual») o chamba («chiripa»).

El folclore científico está repleto de historias de serendipia o hallazgos accidentales. Estos incluyen casos como el de la capsula de cultivo extraviada que condujo al descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming, la detección casual de los rayos X por Wilhelm Röntgen al experimentar con un tubo de rayos catódicos, o el resbalón del caballo de la esposa de Charles Doolittle Walcott en las rocas cámbricas de Burgess Shale (en las Montañas Rocosas de Canadá) que llevó al descubrimiento de los primeros fósiles multicelulares que poblaron el planeta hace quinientos millones de años. De hecho, no son pocos los científicos que se refieren al importante papel jugado por el azar al comentar el éxito de una investigación, de manera que en el ámbito científico suele recordarse con cierta frecuencia la frase atribuida al escritor de ciencia ficción Isaac Asimov, quien afirmaba que «en ciencia, la exclamación más apasionante, aquella que acostumbra a presagiar nuevos descubrimientos, no es ‘Eureka’, sino ‘Qué curioso…’»

Inversiones multimillonarias

Estas consideraciones son de interés porque el argumento de que el conocimiento avanza a golpe de serendipia es a menudo esgrimido por los científicos para justificar los miles de millones de euros que los contribuyentes invierten cada año en proyectos de investigación básica, es decir, en investigación basada en la curiosidad. Y también sirve para que los más radicales argumenten que los crecientes esfuerzos gubernamentales para dirigir la investigación –para que esta tenga un mayor y más inmediato impacto económico y social– son en el mejor de los casos fútiles y, en el peor, contraproducentes.

Pero, más allá de casos aislados y relativamente populares como los ejemplos comentados ¿qué papel juega realmente la suerte en los descubrimientos científicos? Esta es la pregunta que se hace un editorial de la revista Nature («The serendipity test») para comentar un proyecto que tiene como objetivo contrastar, sobre la base de pruebas fehacientes, la mayor o menor veracidad de la cuestión planteada. Se trataría de intentar cuantificar qué parte del progreso científico ha sido verdaderamente fruto de la casualidad, cuál fue su coste y cuáles fueron las circunstancias que rodearon a los descubrimientos. Algo realmente novedoso, ya que, hasta la fecha, los estudios académicos sobre el tema de la serindipia en ciencia aparecen casi exclusivamente focalizados en los aspectos filosóficos del concepto.

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El Consejo Europeo de Investigación pretende cambiar esta situación y para ello ha concedido una subvención de 1,4 millones de euros a Ohid Yaqub, un bioquímico reconvertido en científico social que trabaja en la Universidad de Sussex, en Brighton (Reino Unido). Como punto de partida de su proyecto, este investigador ha ampliado la definición de serendipia, llevando el concepto más allá de la clásica idea de «accidentes afortunados» y reconociendo cuatro tipos básicos. El primero sería aquel en el que la investigación en un campo lleva a un descubrimiento en otro. El segundo correspondería a una búsqueda completamente abierta, a ciegas, sin objetivos predeterminados, que finalizaría con un hallazgo. El tercero agruparía aquellos descubrimientos realizados cuando la investigación en busca de soluciones a problemas concretos se culmina con éxito, pero por unas vías completamente inesperadas. Y, por último, tendríamos aquellos casos en que un hallazgo científico representa una solución a un problema que emerge como tal con posterioridad. 

Yaqub ha empezado por analizar el archivo del sociólogo estadounidense Robert K. Merton, que reúne cientos de ejemplos históricos de serendipia. Esperemos que tenga éxito, aunque, dada la actual escasez de evidencias concretas, incluso unos resultados limitados o parciales podrían ayudar a los responsables de las políticas científicas a considerar la forma más eficiente de financiar la investigación. 

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