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Al contrataque

La moda de los sucesos

Antonio Franco

Frente a los grandes sucesos reconforta sabernos enfadarnos todos juntos, codo a codo, con la mala que ha matado por resentimiento. Pero es triste que ya solo nos unan cosas así, dolores compartidos, y no proyectos ilusionantes

Vuelven a estar de moda los sucesos. Cuando yo era niño se consideraba un género informativo menor e incluso parecía de mal tono y poca educación ir por la calle con 'El Caso', el principal semanario de la especialidad. Para subrayar su presunta calidad los diarios que presumían de serios dedicaban poco espacio a la sangre de los delitos comunes. En aquella España gris y de silencios había también mucha sangre de la otra en los interrogatorios de las comisarías y los cuarteles de la Guardia Civil pero esa misma prensa hablaba todavía menos de ella. Luego, cuando la televisión se convirtió en el gran protagonista informativo los sucesos fueron rehabilitados y dignificados como género, aunque lo que llegaron a hacer algunos medios en temas como las niñas de Alcàsser ha pasado merecidamente a la historia de la basura.

Ahora ha crecido mucho el tiempo que las teles -y lo que no son las teles- dedican a los sucesos, superando a veces a la política, la economía y el seguimiento de las demás cosas de la vida. A veces se tratan con enfoques interesantes que reflejan hacia dónde van las tendencias de las conductas, pero en otras ocasiones son puro morbo o se emiten simplemente porque la cadena tiene imágenes de impacto -inundaciones en países lejanos, por ejemplo- de asuntos sobre los que ni siquiera se toma la molestia de proporcionar datos concretos o hacer seguimientos de sus consecuencias. Este auge extiende la sensación de que cada vez pasan cosas más horribles, cuando lo único que sucede es que antes se informaba menos sobre esas cuestiones, que pasaban igual que ahora, o que la autocensura periodística contaba enseñando menos o sin tantos datos explícitos sobre sus peores detalles.

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Lo que ha pasado en España con la información sobre Gabriel responde a esa moda, pero tantas horas de matraca quizá se deban subliminalmente a otra cuestión. Estos grandes dramas unen a la gente, a todo tipo de personas y en todas partes, en torno a sentimientos comunes de dolor e indignación. Y eso pasa en un país presidido precisamente por la desunión respecto a casi todas las demás cosas. Pensando en Gabriel la mayoría de la gente se sentía perteneciente de una amplísima mayoría que vibraba en la misma dirección, cuando el día a día ordinario es más bien lo contrario: división por los partidismos que nos han inoculado, tensiones azuzadas entre territorios, echar la culpa de las injusticias a tales o cuales pero nunca a los míos, al igual que la responsabilidad del robo de dinero público...

Frente a los grandes sucesos reconforta sabernos enfadarnos todos juntos, codo a codo, con la mala que ha matado por resentimiento. Pero es triste y retrata nuestro bajo nivel que ya solo nos unan cosas así, dolores compartidos, y no proyectos ilusionantes. 

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