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IDEAS

Esto no es un artículo de lujo

Miqui Otero

Solo es preciso sentarse en una terraza y esperar. En algún momento, alguien de alguna mesa contigua lo dirá. Algunos lo soltarán porque acaban de sorber una ginebra artesana con tropezones de pepino de kilómetro cero. Otros porque les servirán la cerveza en copa helada. Unos por esa mojama carísima y otros por esos cacahuetes rancios. Pero pide una más porque tus oídos van a escuchar esta frase: "Calidad de vida". O esta otra: "De lujo".

Oscar Wilde decía que los placeres sencillos son el último refugio de los hombres complicados. Y algo así debió de comentarse, entre buenos caldos encaramándose a mejillas sonrosadas, en la reunión del Círculo Fortuny, la asociación española que representa a las industrias de alta gama. Allí Enrique Loewe sugirió a la Real Academia Española que la definición de la palabra lujo debería ser modificada. Su director, Darío Villanueva, admitió que se debía buscar una mejor definición y que estaban en ello.

Carlos Falcó, marqués de Griñón, no se mordió la lengua y se mostró inquieto porque esa palabra tenga que ver con "algo reservado a los ricos y que, de alguna manera, es ocioso y no sirve para nada". Evocó entonces una estampa familiar, aplicando un barniz emocional a la súplica: un día soleado del pasado diciembre se comió una tortilla cocinada en el primer aceite de la cosecha con su hija Xandra Falcó (madre de tres con un sobrino de la Duquesa de Alba). Una escena dominada por la retórica que imprime Julio Iglesias a canciones tan idealistas como 'Quijote': "Soy feliz con un vino y un trozo de pan / Y también, cómo no, con caviar y champán".

No contentos con infligir abuso en los más pobres, algunos quieren reinventar el idioma en el que aquellos podrían expresar su angustia

Exigen, pues, una definición más humana, que rebase las palabras de Coco Chanel: "El lujo es una necesidad que empieza donde termina la necesidad". Explica Dana Thomas en su ensayo 'Deluxe' que el lujo, tal y como lo conocemos, nació en el reinado de los Borbones y los Bonaparte, pero quizá les parece aséptico o malintencionado que eso remita a los 3,6 millones de dólares anuales que María Antonieta gastaba en ropa o a que la esposa de Napoleón se puliera en diez años la mitad de la cantidad que Francia obtuvo por la venta de Louisiana a Estados Unidos. Esa desproporción obscena es el lujo. También una industria que vive ajena a la crisis, cuando no se beneficia de ella.

Pido desde esta terraza, enarbolando un botellín y apostado sobre esta mesa de zinc, que también se revise la definición de pobreza: "Falta, escasez", "Dejación voluntaria de todo lo que se posee", "Falta de gallardía y de nobleza de ánimo". Porque esta última la exhiben esos que, no contentos con infligir abuso en los más pobres, quieren reinventar el idioma con el que estos podrían expresar su angustia, invitándolos a decir que su nevera está "en crecimiento negativo" o que su despido está al servicio de "la dinamización del mercado laboral". Martín Caparrós subraya, por ejemplo, cómo han cambiado "hambre" por "hambruna" para que el término aluda a las catástrofes naturales y no a la perversión del sistema. Llegar a fin de mes es, sin duda, un lujo para muchos. O acceder a novelas como '1984', donde se habla precisamente de maniatar el diccionario para que nadie piense que vive sometido.

Pienso en el IVA de los pañales y en el de las películas, en el lujo de un culete seco y en el de ir al cine, cuando llega mi padre, pide un vino de la casa y fija sus ojos en el sol. Y entonces dice: "La buena vida, Miguel; hay otras, pero ni son vida ni son nada".

Temas: Pobreza

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