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IDEAS

La 'ciudad' y la 'ciutat'

Ricard Ruiz Garzón

Todo lector sin prejuicios debería leer alguna vez al británico China Miéville. Sí, es un autor de ciencia ficción, representante en concreto del New Weird, aunque también se ha presentado como candidato al Parlamento y ha escrito sobre la Revolución Rusa. Sí, tiene pinta de modelo o cantante, y va al gimnasio, y se rapa, perfora y tatúa, pero es un intelectual de primera. Y sí, es un autor exigente y capaz de decir que Tolkien es “reaccionario”, pero está apenas a una adaptación de convertirse en fenómeno de culto.

De entre todas sus obras, muchas en proceso actual de relanzamiento por parte del sello Nova de Ediciones B, acaso las más aclamadas sean con toda justicia 'Embassytown' y 'La ciudad y la ciudad'. La primera, en 2013 título inaugural de Fantascy, plantea una reflexión sobre la dificultad de interpretar al otro diferente, en este caso extraterrestre, que no podría resultar más oportuna. La segunda, una novela de misterio con un soberbio juego de espejos dimensionales, es tal vez junto a la trilogía de 'Bas-Lag' y la juvenil 'Un Lun Dun' la mejor puerta de entrada al universo del londinense, con la ventaja de que Nova la relanzará el próximo mayo en una traducción por fin a su altura.

'La ciudad y la ciudad', sin embargo, seguirá sin convertirse en 'La ciutat i la ciutat'. Ninguna de las obra de Miéville, de hecho, ha salido jamás en catalán. Poco a poco, es cierto, se avanza con los clásicos, y han aparecido 'El conte de la serventa' de Margaret Atwood en Quaderns Crema, 'Els desposseïts' de Ursula K. Le Guin en Raig Verd, 'La guerra de les salamandres' de Karel Čapek y 'Un cementiri de llunàtics' de Ray Bradbury en Males Herbes, además de otros títulos en L’Altra, la colección púrpura de Pagès, Orciny Press o la emergente Més Llibres. Ojalá el elenco se amplíe e incluya a autores actuales de fantástico tan necesarios como Brandon Sanderson, Connie Willis o Anna Starobinets. Nos jugamos mucho, hablando de temas tan predilectos para Miéville como la comunicación, los cambios sociales o el diálogo con el género: nos jugamos, sencillamente, la lengua en la que va a soñar la Generación Netflix.

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