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AL CIERRE

La decadencia de Wenger

Axel Torres

Solo el título de la Europa League podría evitar que se precipitara el final de la era del técnico alsaciano en el Arsenal

Hubo un tiempo en el que Arsène Wenger lideró una revolución que cambió el fútbol inglés para siempre. Hoy, sin embargo, su figura representa el último símbolo de un antiguo régimen al que una nueva ola transformadora se está llevando por delante.

El Arsenal de Wenger fue muy exitoso en sus primeros años porque introdujo ideas desconocidas en Inglaterra: el control de la alimentación, los beneficios de intercambiar pases rasos que desafiaran la lógica vertical y aérea de la Premier League y el diseño de una red global de captación que le permitiera llegar antes que nadie al talento que surgiera en cualquier rincón del mundo. En una cultura cerrada, él tuvo la valentía de abrir la puerta. Y de poner al servicio de un club londinense apegado a la tradición todo lo que había aprendido como estudiante de Economía o como entrenador en una sociedad como la japonesa -esa experiencia en Nagoya es fundamental para entender su filosofía-.

Todo ello le sirvió para conseguir unos resultados que estaban muy por encima de la media en la historia de la entidad. Es importante tener en cuenta esto: a Wenger no le han aguantado tanto tiempo en el Arsenal por su fama de jugar bonito, sino porque ha ganado mucho más de lo que el equipo ganaba antes de que él llegara. Descontando supercopas, aún hoy promedia un título cada dos años. Antes de su fichaje, el Arsenal ganaba uno cada cinco años.

Gattuso, próximo escollo

Pero es indiscutible que se ha producido un declive. Por segunda temporada consecutiva, el equipo va a acabar fuera de los cuatro primeros puestos -algo que no había ocurrido ni una sola vez antes con él en el banquillo-. Dos derrotas por 0-3 seguidas ante un Manchester City que está a 30 puntos en la tabla han evidenciado el abismo que separa hoy en día al equipo dominante del fútbol inglés de aquel que un día lo fue. La única posibilidad de salvar la temporada reside en ganar la Europa League para conseguir una plaza Champions y un trofeo más para las vitrinas -uno europeo, algo que Wenger no tiene-.

El siguiente escollo en ese objetivo parece durísimo: un Milan recuperado en las últimas semanas de la mano de Genaro Gattuso. Esa eliminatoria entre clásicos europeos de la Champions de comienzos de siglo venidos a menos se está vendiendo ya como el último clavo ardiendo al que el técnico alsaciano puede agarrarse para no ver enterrado su reinado en el norte de Londres.

Si Wenger no hubiera renovado por dos años el pasado verano, no tendríamos dudas de que esta es su última temporada. Pero sigue pesando mucho pasar a la historia como el dirigente que lo destituyó. Y a él le sigue pareciendo un acto de deslealtad no respetar un contrato firmado. Pero si hablamos de convencimiento real, nadie cree que le pueda dar la vuelta a la tortilla. Cuando los rivales han imitado sus métodos revolucionarios de los 90 en cuanto a alimentación, scouting y aprecio por la técnica individual, la nueva hornada de entrenadores, mucho más sofisticados tácticamente, le ha pasado por encima. 

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