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LA CLAVE

Nuevo memorial de agravios

Enric Hernàndez

El independentismo mantiene la tensión con el Estado para compensar su renuncia a la unilateralidad, convirtiendo Catalunya en terreno minado para el Rey

Para el rey Felipe VI no han constituido sorpresa alguna los desplantes ni la llamada al boicot en su primera visita a Barcelona tras la controvertida alocución televisada del 3 de octubre. El ambiente ya estaba muy cargado en agosto, cuando fue abucheado en la manifestación de repulsa a los atentados del 17 de agosto, pero su intervención tras los sucesos del 1 de octubre cayó en Catalunya como un jarro de agua helada.

Por su contundencia con las autoridades catalanas y por el deliberado olvido de los heridos del 1-O, muchos interpretaron que el monarca legitimaba la violencia policial en los colegios electorales y desistía de procurar el encauzamiento del conflicto por vías dialogadas. Percepción que desató la ira independentista y sumió en la orfandad a muchos otros catalanes. Cundió la sensación de que el choque de trenes no había hecho más que empezar, como así fue.  

En efecto, la noche del 3 de octubre el Rey esculpió una diatriba cuyo destinatario específico no era el pueblo catalán. Ni siquiera los líderes del ‘procés’, por mucho que los interpelase. Felipe VI quiso hacer evidente, ante el conjunto del país y de la comunidad internacional, que España era un Estado solvente, capaz de hacer cumplir sus leyes y de preservar su unidad. De haber abortado el Gobierno la votación, o si las imágenes de las cargas policiales no hubieran dado la vuelta al mundo, el Rey habría podido ahorrarse tan severa admonición.

TERRENO MINADO

Ucronías al margen, el Jefe de Estado afronta el reto de reconstruir los dinamitados puentes de la Corona con Catalunya. Así sea en Girona, donde le han declarado ‘persona non grata', o en Barcelona, en la convulsa inauguración del Mobile World Congress, el soberanismo seguirá exhibiendo ante el monarca su particular memorial de agravios, mucho más airado que el que recibiera en 1885 su tatarabuelo Alfonso XII.

La muerte del soberano dejó entonces sin respuesta el listado de demandas de la burguesía catalana compilado por Valentí Almirall en un documento considerado como el borrador de las Bases de Manresa, el acta fundacional del nacionalismo catalán. Solo que aquella retahíla de quejas, sobre todo de índole mercantil y cultural, partían todavía de la lealtad a la Corona de las élites catalanas: si eres nuestro Rey, obra como tal. Más de un siglo después, la conversión en bloque del nacionalismo al republicanismo ha trocado tales demandas en públicos desaires: puesto que ya no eres nuestro Rey, aquí no eres bienvenido.  

Las reglas del juego han cambiado. Quienes se saben derrotados en el campo de batalla fáctico --no así en el de las emociones colectivas-- se niegan a rendir pleitesía a la figura institucional que mejor encarna al bando vencedor. Para compensar un aterrizaje en la realidad que pasa por renunciar a la unilateralidad, el independentismo mantendrá vivo el conflicto con el Estado a cuenta de los porrazos del 1-O, de los políticos presos y del futuro juicio a los líderes del ‘procés’. Sin normalización política, Catalunya seguirá siendo para el Rey terreno minado.

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