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Sigo teniendo miedo

Najat El Hachmi

Quisieron hacerme callar y, paradojas de la vida, ahora en nombre de la lucha contra el racismo. Como si yo misma no lo hubiera sufrido nunca

Han pasado seis meses desde aquella tarde en que la placidez de un verano relativamente tranquilo se interrumpió de repente. ¿Quién recuerda ahora que el tema que ocupaba todos los medios era la turismofobia? Los días que siguieron, de persecuciones, de vivir en directo los acontecimientos, de estar todos pegados a la televisión y a las redes con el alma en vilo, fueron días de desconcierto, de impotencia, de mucho miedo a pesar del grito colectivo que la quería exorcizar.

Claro que tuvimos miedo al descubrirnos, recordarnos, de hecho, tan frágiles que un chico conduciendo una furgoneta podía romper la calma de un paseo por la Rambla. Ahora reconstruimos los hechos con todo lo que sabemos de aquellos días, solapamos la información posterior a los recuerdos del momento: ponemos cara al conductor, captado tan tranquilo escabulléndose por la Boqueria. La misma tranquilidad de los cuatro chicos que salen en el vídeo de seguridad del bazar chino, bromeando, sin que nadie pudiera sospechar que planificaban el horror, que en sus mentes estaba ya el plan macabro. Tan jóvenes, uno de ellos menor. Fueron abatidos por la policía. Y sí, nos acostumbramos al lenguaje de guerra, nos convertimos en masa a la cultura belicosa celebrando que el final fuera ese y no otro. Que cuando Younes Abouyaaqoub fue "abatido" en medio de las viñas, alguien le hizo una foto y algunos medios publicaron su primer plano sin ningún escrúpulo. A fin y al cabo, las masas, encendidas, pedían a gritos ver la presa, la "bestia", como tituló algún digital.

Tuve mucho miedo, entonces, pero no solo de los atentados, también de las reacciones que provocaron. Descubrir que entre nosotros hubo quien fue capaz de calcular desde el minuto cero, con unos reflejos excelentes, cómo capitalizar los muertos todavía tendidos en el suelo, darme cuenta de que a la gente nos pedían una confianza ciega en el poder y la policía sin tener ninguna opción a hacer preguntas. Observar, estupefacta, cómo una manifestación de apoyo a las víctimas se convertía en un mitin electoral. Con lo que habíamos denunciado la instrumentalización de los muertos por parte del Gobierno español.

También tuve miedo al ser consciente de que aquel fenómeno que creía minoritario e inocuo, el fundamentalismo, tenía en realidad una capacidad de penetración e influencia contra la que no tenemos ninguna vacuna. Pero en vez de debatir públicamente sobre esta corriente ideológica, nos limitamos a alertar contra la islamofobia, a defender que el islam es paz y que Catalunya es tierra de acogida. Por primera vez en diez años de colaborar en este diario, hubo quien me escribió para decirme que aquello no tocaba, que de eso ya hablaríamos después. Han pasado seis meses y sigo esperando. Quisieron hacerme callar y, paradojas de la vida, ahora en nombre de la lucha contra el racismo. Como si yo misma no lo hubiera sufrido nunca.

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