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La clave

El ministro de Fomento Íñigo de la Serna.

La cara amable del 155

Albert Sáez

La realidad siempre es poliédrica. La realidad política también aún cuando los duelos de impotencias como el que libran los independentistas y el Estado nos nublan la mirada con su aparente unilateralidad. La aplicación del artículo 155 ha sido doblemente estigmatizada por los que no hicieron nada para impedirla y por los que la pusieron en marcha con aparente desgana. Pero siempre hay una cara B. En este caso el protagonista es el ministro de Fomento, Íñigo de la Serna, que lleva unas semanas anunciando el desbloqueo de inversiones largamente discutidas en diversas infraestructuras. La última ha sido en el aeropuerto de El Prat, donde se ha decidido poner en marcha dos iniciativas que se decían imposibles hasta hace pocos meses. La primera es la creación de una terminal satélite para poner en marcha un hub de vuelos intercontinentales. Lo que en su momento se consideró un delirio de grandeza de los impulsores de Spanair, ahora es, afortunadamente, un proyecto de Estado. La segunda es la interconexión del sistema aeroportuario catalán que empezará con la coordinación con Girona-Costa Brava. Como diría Adolfo Suárez se trata de convertir en política de Fomento lo que es normal en los folletos promocionales de las aerolíneas de bajo coste que anuncian vuelos indistintamente a Barcelona-El Prat y a Barcelona-Costa Brava. 

Con esta visión de la realidad encima de la mesa nos falta interpretarla. ¿Es puro oportunismo del ministro que actúa haciendo las veces de conseller y se pone todas las medallas posibles? ¿O estamos ante un cambio de política de Estado? Y si es así, ¿en qué sentido? ¿Está queriendo demostrar De la Serna que sin el enredo de las autonomías la gestión de las infraestructuras es mucho más eficiente? ¿Está asumiendo en parte el planteamiento de Ciudadanos y del PP que anida en la FAES en el sentido de que es necesaria una simplificación de los niveles administrativos -una recentralización- para que las aspiraciones de las autonomías, o de los nacionalismos, no enturbien la gestión racional que encarna el Estado? ¿O estamos justamente en la hipótesis contraria? ¿Está queriendo demostrar el apuesto ministro y aspirante a casi todo que España no tiene problemas en potenciar las inversiones en Catalunya porque son manera de asegurar su competitividad? ¿Quiere demostrarles a los catalanes que quienes se llenan la boca de defender sus intereses no hacen más que laminarlos? La política nunca es nítida ni se deja desentrañar fácilmente. Si le preguntáramos al ministro posiblemente nos diría que sin el artículo 155 hubiera llegado exactamente a los mismos acuerdos con una Generalitat gobernada por gente cabal desde su punto de vista. 

El duelo de impotencias se juega ahora en la definición de una nueva "normalidad". Puigdemont y los suyos no quieren que se considere normal que se meta en la cárcel a quienes se limitan a defender sus ideas. Pero la lucha contra esa "normalidad" convierte curiosamente en normal que De la Serna anuncie en solitario, en calidad de ministro-conseller, cómo será el aeropuerto del futuro. Esa es la pugna del momento. 

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