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Sexo, webcams y lo que el usuario no ve

Lucía Etxebarria

«Yo no compro esa bola de que el trabajo sexual es un trabajo como cualquier otro. En ningún otro existe el nivel de acoso, explotación y precariedad que existe en la industria. Vas a encontrar muchas webs en las que se publica el testimonio de una chica que dice que el trabajo le encanta, y que se siente satisfecha con ello. Casi todos son testimonios falsos y los publican los propios empresarios. El trabajo es durísmo, agotador. Es cierto que me gusta el sexo, pero la razón principal por la que las mujeres venden sexo por dinero es por desesperación económica, no te confundas».

«Como teleoperadora ganaba 800 euros al mes, y empleaba una hora en ir al trabajo y otra en regresar. Y además tenía que trabajar en unos horarios imposibles En cualquier otro trabajo (reponedora, cajera, camarera, dependienta) mi físico jugaba en mi contra. No se contrata a chicas gordas».

Pero en su campo ella contaba con ventajas sobre otras chicas. Tenía cámara propia de alta definición. Y habla inglés. Esto le permitió eliminar a España de la lista de países desde los que se podían conectar los usuarios, para que ningún conocido pudiera encontrarla. Además, en Estados Unidos hay un gran mercado para las 'webcamgirls plus size'.

Su trabajo consistía en ponerse delante de la cámara y hacer un 'show'. Juguetear con sus pezones, hablar, cantar, contar chistes… Frente a un montón de usuarios anónimos. Lo que fuera. Atraer la atención de algún hombre que estuviera dispuesto a pagar por verla en privado. En los 'shows' privados, ella hacía todo lo que el hombre le pedía. Todo.

«Iba avisada de que iba a haber usuarios que solo se conectan para insultarte. Que simplemente debía 'bannearlos' (restringir el acceso). Pero por mucho que estés preparada, duele».

«A veces pienso que este trabajo era peor que la prostitución, porque la gente se envalentona desde el anonimato. Una puta no tiene que aguantar todos los insultos que yo recibía».

Esta es una historia de machismo y de violencia en una sociedad donde el anonimato en redes permite a muchos atacar a otros

«Por supuesto que había otros muy amables, pero incluso aquellos, que en teoría me trataban bien, simplemente me ladraban órdenes y esperaban que las obedeciera. Aun así, a mí me gustaba, al principio. Me daba una especie de subidón el saber que había gente dispuesta a pagar por verme, porque yo durante años había sido la chica del grupo que nunca ligaba, la amiga simpática y gorda de las guapas».

Había días en los que no ganaba nada, días en los que se pasaba seis horas bailando o cantando haciendo estriptis para un montón de hombres anónimos, sin un solo privado. «En días excepcionales, podía hacer 300 dólares en seis horas. En jornadas normales, 50. Menos que una asistenta». Asusta cuando calcula el colosal beneficio que ganaban a su costa la empresa para la que trabajaba: un 60% de sus ganancias. Y aun así, ella tuvo suerte. Otras empresas se llevan el 85%.

Consiguió un cliente regular, una especie de seguro de ingresos.  «Llegaba a gastar 600 dólares al mes solo en mí. En cierto modo, me convertí en su novia virtual. Y creo que eso era lo que él quería. Una novia en la vida real podría alguna vez llevarle la contraria, pero yo hacía todo lo que él me pedía. Luego empezó a ponerse celoso. Le aguanté los gritos y los insultos mucho tiempo. Y al final le 'banneé'. Entonces entraba cada día desde IPs diferentes».

Al cabo de dos años, estaba siempre cansada, irascible, lloraba por cualquier tontería. Al final fue a un psicólogo. «Al principio no relacionaba mi depresión con mi trabajo. Pero allí empecé a darme cuenta de que los insultos constantes y el agotamiento sí hacen mella».

Es una historia de machismo. Pero no solo de eso. Es una historia de violencia en una sociedad en la que el anonimato en redes permite a muchos atacar a otros. (Los 'trolls' de webcam no difieren mucho en intenciones de los que atacan a cualquier tuitstar cada día). Es una historia de de gordofobia, de explotación, de precariedad laboral. De abuso, de violencia de género.

«No me arrepiento de nada, no merece la pena. Aprendí cosas sobre mí misma y sobre los demás. Pero no lo volvería a hacer nunca. Mi salud mental vale más que el dinero».

Es una mujer bella. Y es gorda. Digna. Y ha sido trabajadora sexual. Valiente y fuerte. Y toma ansiolíticos. En lo inesperado reside su encanto, y el interés de la historia que me ha contado.

Cuando se va la percibo pobre a los ojos de muchos, pero rica como pocas. 
 

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