Política y sentimientos

Se llama Txell y no la conozco de nada

La prisión de 'los Jordis' y de los consejeros ha roto la vasija de barro de la convivencia, lesiona los mecanismos de la política y entorpece nuestro avance colectivo de país

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El presidente de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), Jordi Sanchez, y el d Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, muestran papeletas del referendum del 1-O en Barcelona.

El presidente de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), Jordi Sanchez, y el d Òmnium Cultural, Jordi Cuixart, muestran papeletas del referendum del 1-O en Barcelona. / EFE / ALEJANDRO GARCÍA

Es la mujer de Jordi Cuixart, ha tenido la valentía de pedirlo públicamente en una carta en Vilaweb y me parece de justicia hacerle caso: «Si consideras injusta la prisión preventiva y tienes un altavoz, denúnciala». Recuerdo dónde estaba y con quién cuando lo supimos aquel lunes 16 de octubre, como ocurre siempre con las cosas que la memoria convierte en históricas. Era de noche y se hizo de noche en las caras de la gente. Es evidente que las situaciones personales son las que llegan directamente al corazón y te interpelan.

La petición de Txell Bonet es de una honestidad conmovedora y respira un respeto exquisito al pedir un pronunciamiento sobre una injusticia que le afecta a ella y que nos afecta a todos. Lo dice sin juzgar a nadie -qué ironía- sin pedir adhesiones a la causa, reclamando una transversalidad en la que el máximo de gente se pueda sentir cómoda. Es un gesto con el que, al tiempo que agradece la compañía de todas las personas que se le acercan, que llevan un lazo amarillo o que tuercen el gesto cada noche cuando hacen recuento, reconoce la significación de tener un altavoz público y me parece importante no banalizarlo, como bien sabe ella que es periodista. Quizá hoy me doy más cuenta que nunca del privilegio y la responsabilidad que tengo de poder hacerlo.

Equilibrio emocional

Unas medidas cautelares sin ningún tipo de cautela, un decreto judicial de privación de libertad en las condiciones en que se ha producido, el sostenimiento de la decisión a cada nueva apelación, el ensañamiento de la distancia... todo ello hace daño a tanta gente, es tan inútil políticamente, es tan desconcertante, que nos ha dejado abatidos, indignados, desnortados. Y es un mal también colectivo -aún peor- porque está condicionando el análisis de la realidad y el criterio de acción, mientras intentamos mantener el equilibrio emocional y la capacidad de raciocinio.

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