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AL CONTRATAQUE

Un magnolio en flor anuncia la llegada de la primavera en una calle de San Sebastián.

EFE / JAVIER ETXEZARRETA

La realidad y la actualidad

Milena Busquets

Desde hace unos días, cada vez que salgo de casa o del coche, siento que empieza a oler a primavera

Vivo en una buhardilla de una calle arbolada en la que la mayoría de las casas tienen pequeños jardines. Yo solo he tenido tres árboles en mi vida: un limonero, un olivo y una mimosa. El limonero y el olivo me los compraron por amor. Hay hombres que regalan árboles, los prefiero a los que regalan joyas. 

La mimosa era de mis padres y vivía junto a una tortuga centenaria en un pequeño patio pedregoso y agreste en Cadaqués. Cuando a finales del invierno florecía, la señora que cuidaba de la casa nos avisaba y subíamos desde Barcelona para ver aquel esplendor de pequeños copos peludos, suaves y amarillos que nos anunciaban la llegada de la primavera, el preámbulo amable y distinguido del escandaloso verano que tanto desagradaba a las mujeres de mi familia.  

La realidad es chillona, grosera, chulesca, fascinante y grandilocuente. La realidad, no.

Un día, mi madre le pidió a un chico que corría por allí que podase nuestra mimosa y él, en un inusitado arranque de laboriosidad y de eficiencia, la taló de cuajo. 

Han pasado más de 20 años, el tronco mutilado y yermo sigue allí (y el hombrecito amable y tontorrón que lo taló, también) y cada vez que lo veo pienso que debería comprar otra mimosa y recuperar para mis hijos y tal vez para los suyos el maltrecho ritual de mis padres.

Desde hace unos días, cada vez que salgo de casa o del coche, siento que empieza a oler a primavera, es todavía un aroma muy incipiente y en cuanto me detengo para poder captar con más precisión de dónde proviene y lo que es (glicinia, jazmín, tal vez fresia, no lo sé), huye, se esconde y desaparece, juguetón e inaprensible, antes de que yo haya podido distinguirlo, situarlo y apropiármelo. 

Olor a primavera

Bajo del coche, levanto una mano y les digo a los niños: "Un momento, esperad". Nos quedamos los tres petrificados como si estuviésemos jugando a pica pared. Los dos me miran expectantes: "¿Qué pasa, mamá?", yo les digo: "Huele a primavera, ¿no lo oléis, salvajes?". Ellos dicen que no huelen nada y me responden bromeando, pero yo les conozco (menos de lo que creo, seguro; pero algo, sí) y sé que sí lo huelen.

La actualidad es chillona, grosera, chulesca, fascinante y grandilocuente. La realidad, no. La actualidad es lo que sale en las noticias, las mujeres convertidas en soldados, las estúpidas banderas, los políticos más tontos que los ciudadanos y una palabrería mezquina, interesada, ensordecedora y, a menudo, pésimamente redactada.

La realidad es la lava que fluye por debajo, burbujeante y lenta, viejísima y nueva, cansada pero dispuesta a fecundarlo todo en su irresistible impulso. La realidad es ese olor a flores que todavía no existe pero que desde hace unos días me asalta al bajar del coche y me anuncia una vez más, en pleno invierno, el final del invierno. 

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