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ANÁLISIS

donald trump

Trump, un presidente peligroso

Albert Garrido

El mayor logro del sucesor de Obama es haberse consolidado como el líder de referencia para la extrema derecha

Lo menos que puede decirse de Donald Trump es que se trata de un presidente peligroso, por imprevisible y por inadecuado para ocupar el lugar que ocupa. A punto de cumplirse su primer año en el Despacho Oval esa es la única certidumbre: los riesgos que entraña la presidencia de Trump no admiten comparación posible, su devoción por las decisiones bañadas en testosterona son motivo permanente de alarma; causa inquietud su propensión a utilizar las redes sociales a la cabeza de los internautas destemplados –cada vez son más–, de quienes con harta frecuencia convierten internet en una alcantarilla.

La colonización del Partido Republicano por la extrema derecha, iniciada hace unas décadas, ha desembocado en una presidencia jaleada por una mezcla heteróclita de supremacistas blancos, ultraconservadores que ven en Washington la raíz de todos los males, fundamentalistas cristianos y un conglomerado de defraudados por las consecuencias de la salida de la crisis: desindustrialización, debilitamiento de las clases medias y otras lacras. Nada hay en el primer año de Trump que induzca a pensar que el bloqueo a destajo de los flujos migratorios –el prometido muro en la frontera con México–, un proteccionismo a ultranza y el eslogan 'América primero' serán suficientes para aligerar las tensiones sociales y rescatar a las víctimas de la crisis económica. Pero para el electorado, a la vez minoritario y suficiente, que llevó a Trump a la Casa Blanca, la sal gruesa del presidente es una gran promesa de futuro; no es populismo, es esperanza.

Echando de menos a Obama

El escritor Richard Ford dijo durante la campaña electoral del 2016 que muy pronto se echaría en falta la solvencia de Barack Obama, el hecho de tener un presidente que se tomó en serio la presidencia. Pocas veces un vaticinio se cumplió tan deprisa y de forma tan desorientadora. La desconcertante gestión de la crisis con Corea del Norte –una competición propia de adolescentes para ver quién dispone del resorte (nuclear) más largo–, la impugnación diaria de los acuerdos con Irán para favorecer a la teocracia saudí, el traslado de la embajada en Israel a Jerusalén, la congelación del proceso abierto con Cuba y esa extraña conexión con Rusia –misteriosa, cabe decir–, con sus gobernantes y su coro de plutócratas, acrecientan la peligrosidad de Trump al año de dejar Obama la Casa Blanca.

El mayor logro de Trump durante estos primeros 12 meses ha sido consolidarse como la figura de referencia de la extrema derecha, la europea en especial, con más poder y expectativas de éxito que en ningún otro momento desde el final de la segunda guerra mundial. El presidente vale lo mismo para alentar a los impulsores del 'brexit' que para inspirar diferentes versiones de eurofobia, de islamofobia y de otras epidemias de nuestros días; vale también para poner en duda el coste y la oportunidad de los programas sociales para los más desfavorecidos; vale asimismo para impugnar los rasgos esenciales de las sociedades abiertas. Y vale para estimular el reverdecimiento de los nacionalismos agresivos, un peligro inquietante.

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