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AL CONTRATAQUE

Woody Allen a la hoguera

Juan Soto Ivars

Según el periodista Richard Morgan y miles de tuiteros-jóvenes-y-muy-comprometidos, la misoginia y la pedofilia recorren la obra del director neoyorquino

El 'Washington Post' publicó la semana pasada un artículo donde el periodista Richard Morgan atacaba a Woody Allen. Estaba ilustrado con el dibujo de una joven de aspecto vulnerable agarrándose las rodillas, lo cual le iba que ni pintado a un texto con este titular: "He leído décadas de notas privadas de Woody Allen. Está obsesionado con las adolescentes".

Con esa mezcla de narcisismo y sarcasmo que triunfa en Twitter, Morgan sacaba la vitela del Santo Oficio y abría la veda para convertir los sueños lúbricos del director en un proceso de quema de infieles, como exigen las redes desde que el neoyorquino dijo que temía que el 'caso Weinstein' degenerase en una caza de brujas.

No es la primera vez que la nueva generación de guardianes de las esencias encuentra en Allen rastros de los pecados capitales del siglo XXI. Dejando aparte su relación con Soon Yi Farrow y la carta abierta de Dylan Farrow, el año pasado fue acusado de racista en una revista porque en sus películas solo aparecen dos mujeres negras y además hacen de prostitutas. El runrún sobre sus depravados apetitos sexuales no ha dejado de crecer a medida que proliferaban las denuncias de acoso en Hollywood. 

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Le tenían ganas, y llegó Morgan. La ética obliga a que una acusación tan grave como la pedofilia se base en pruebas sólidas, pero el colaborador del 'Washington Post' sabe que el jurado paralelo de las redes se contenta con cualquier minucia. Ni corto ni perezoso, ha ido a husmear en los archivos que Allen guarda en la Universidad de Princeton, y ha dado rienda suelta a toda su suspicacia puritana para convertir a Allen en un depravado sexual.

Más bilis que justicia

Según el periodista, y miles de tuiteros-jóvenes-y-muy-comprometidos, la misoginia y la pedofilia recorren toda la obra de Woody Allen. Lo demuestra, atención, con textos de ficción como un guion inédito donde aparece a una rubia sexi de 16 años, cuentos donde hombres maduros se enamoran de menores de edad y, como colofón, una entrevista ficticia que Allen se hace a sí mismo, y donde confiesa haber manoseado a algunas actrices.

El texto de Morgan está escrito con más bilis que deseo de justicia y con más sarcasmo que ironía. No solo mezcla malintencionadamente ficción y realidad, sino que tilda a Allen de anacrónico. Esto no me parece un asunto tangencial. Si ayer nos parecía anacrónico el celo obsesivo por la pureza de las almas, el escándalo ante los deseos lascivos y la limpieza religiosa de los pensamientos, hoy una acusación tan agria y puritana como la que nos ocupa tiene el premio de los clics y los retuits. Parecía improbable que la policía del pensamiento que imaginó Orwell llegase a existir, pero más improbable todavía que además resultara 'cool'. 

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