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Geometría variable

La agenda del día después

Joan Tapia

El separatismo deberá ir a la oposición, pero la alternancia tendrá que construir puentes

Ya llevamos dos debates entre los siete candidatos (bueno, ERC, JxCat y la CUP los han ido cambiando) y el resultado ha sido un auténtico gallinero No por culpa de los conductores sino porque hay líderes que solo repiten dogmas sacrosantos, Catalunya está muy partida y fragmentada y formar gobierno con siete partidos en liza es complicado. Hasta la disciplinada Alemania lo sufre pese a su prosperidad y no tener problemas internos de identidad.

Pero no podemos ser un gallinero permanente. Si los independentistas tienen mayoría con un máximo de 68 o 69 diputados (no hay encuesta que les dé más) viviremos una gran confusión. Porque necesitarán a la CUP, que ya vimos que el domingo trataron a Carles Mundó, el representante de ERC que salía de la cárcel, como a un sospechoso de colusión con el capitalismo. Y el menú independentista sigue siendo el que condujo al reciente fracaso que ha comportado la suspensión del autogobierno, una convivencia agrietada, pérdida de prestigio y huida de empresas y de los dos bancos. Eso sí, le añaden que con bilateralidad (negociando), que saben que es imposible.

Inflación soberanista

La pésima gestión 2011-2017 de los gobiernos de Artur Mas y Carles Puigdemont exige -sentimientos legítimos aparte- que tras seis años de inflación soberanista para no lograr nada y destrozar bastante, vayan a la oposición. A reciclarse -Borrell diría "desinfectarse"-, como le pasó al PNV en el 2008, cuando Patxi López obtuvo la 'lendakaritza'. El PNV volvió cuatro años después con Urkullu y es un modelo de lo que un partido nacionalista (de una nación sin Estado propio) puede hacer en la Europa de hoy. Además, la alternancia es la clave de la democracia.

El problema es que la alternancia no es fácil. El PP y C's no sumarán (las encuestas les dan algo menos de 40 escaños). Con el PSC de Iceta llegarían a los 62 diputados y tendrían que pactar un programa transversal. No se trataría solo de abandonar la vía independentista (que también), sino de no gobernar solo contra la otra mitad de Catalunya (ese ha sido el pecado del independentismo) y de iniciar una negociación con Madrid para lograr más autogobierno, mejor financiación y mas inversiones públicas. Nada fácil, pero estas carencias, junto al victimismo patológico, han sido el terreno abonado del separatismo.

Pero con 62 diputados tampoco basta. Iceta -o Arrimadas- necesitarán también una entente con los comunes de Xavier Domènech. ¿Se puede alcanzar un pacto de investidura que vaya desde Albiol a Domènech, desde los seguidores de Rajoy en Catalunya a los de Pablo Iglesias? Parece imposible, pero puede ser inevitable para no ir a nuevas elecciones. Salvo vuelco electoral.

Iceta lo sabe y lo quiere, pero necesita subir más de lo que ya dicen las encuestas. Y precisará ideas positivas, flexibles y que derriben dogmas y prejuicios. Negociando y pactando cada día. ¿Inestable? ¿Horrible? Siempre mejor que la obsesión por celebrar días históricos contra la otra mitad de Catalunya. O pretender imponer no ya la alternancia sino la revancha.  

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