Opinión | IDEAS
Domingo Ródenas de Moya
Sempé o el lápiz

'El señor Lambert', de Sempé / periodico
El pasado 8 de diciembre, el presidente francés Emmanuel Macron rindió un homenaje al escritor Jean d'Ormesson, recién fallecido a los 92 años. No solo elogió la tarea del intelectual, sino que pidió perdón por no haberle escuchado en su denodada batalla contra la ignorancia y a favor de la cultura. (¿Veremos alguna vez un gesto parecido por aquí, donde la cultura suele estar -como ahora- groseramente desterrada de las campañas electorales?) Pero lo que hizo emocionante el acto fue el momento en que Macron se acercó al ataúd y depositó sobre él un lápiz. El lápiz de la infancia con el que empezamos a expresarnos en busca de interlocutor, el mismo que D'Ormesson pidió para su entierro en lugar de banderas y legiones de honor.
Blackie Books acaba de recuperar una joya imperecedera, 'El señor Lambert'
Es el mismo lápiz al que se agarró muy pronto otro francés al que debemos (al menos yo) instantes de absoluta felicidad: Sempé. Sí, el dibujante de 'El pequeño Nicolás', que no ha dejado de representar la insignificancia de nuestra cotidianidad con ironía y ternura desde 1950, cuando publicó su primer dibujo en un diario de Burdeos. En Goscinny, al que conoció en 1952, encontró un espíritu complementario con el que pudo dar rienda suelta a su visión compasiva de nuestra esencial comicidad, aunque limitándose al mundo de Nicolás y su pandilla. Fue en 1965, después de publicar los cinco volúmenes, cuando Sempé dirigió su lápiz y su mirada al reino triste de los adultos. Lo hizo en una joya imperecedera, 'El señor Lambert', que acaba de recuperar la editorial Blackie Books para hacer las delicias de cualquier lector.
Todo sucede en Chez Picard, el bistró al que todos los mediodías acude un grupo de parroquianos cuyas conversaciones versan, según la mesa, sobre política (que si es necesaria la unión de la izquierda, que si se utiliza el término "fascista" sin conocer su significado...) y sobre fútbol. Salvo cuando el tema vira hacia las conquistas amorosas de alguno de ellos. En medio, un solitario señor Cazenave, el único que lee mientras come, no deja de prestar oídos a su alrededor. La peripecia del señor Lambert, que no se cuenta pero todos imaginan, es apenas el pretexto para resaltar la quebradiza sustancia de la que estamos hechos. Pero ni una palabra más: mejor se hacen ustedes un favor y disfrutan de este regalo.
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