Dos miradas

Besos hablados

El 'Cyrano' de Lluís Homar es desolador, con la frialdad de las comedias que nos acaban hablando de fracasos

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Lluís Homar caracterizado como Cyrano de Bergerac, en la adaptación de la obra realizada por Pau Miró.  

Lluís Homar caracterizado como Cyrano de Bergerac, en la adaptación de la obra realizada por Pau Miró.   / DAVID RUANO

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Poco antes de asistir al estreno del Cyrano de Lluís Homar y Pau Miró (se representa desde el 15 de diciembre en el Borràs), tuve la suerte de toparme con un texto de Roland Barthes que resume y concentra toda la potencia de la pieza de Rostand. Ya saben la historia. Un espadachín poeta, con una nariz prominente («es el mar Rojo cuando sangra»), consigue que sus versos sean el origen de la pasión que Roxanne, de quien él está enamorado con fervor y a oscuras, siente por un cadete apuesto y sin alma literaria. Como dice Nuccio Ordine, «hay besos y besos; los verdaderos y los que están hechos de palabras». Los materiales y los hablados. Cyrano besa a Roxanne con las palabras, con la construcción poética. Afirma Barthes que «el lenguaje es una piel: froto mi lenguaje contra el otro; es como si las palabras fueran dedos, como si tuviera dedos en cada una de las palabras». Cyrano conjuga este discurso amoroso. En el montaje que protagoniza un majestuoso Homar, un Homar en la cima de su carrera de actor, lo vemos frágil y vulnerable, consciente de su limitación para el amor, triste y solitario. No con astucia chulesca, sino con la inseguridad de quien es incapaz de expresar, más allá de las palabras, el deseo ardiente.

Este Cyrano Cyrano es desolador, con la frialdad de las comedias que nos acaban hablando de fracasos. El fracaso del amor, por ejemplo. Incapaces, las palabras, de convertirse en dedos.