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LA CLAVE

Ser más o ser menos que...

Enric Hernàndez

La insana competencia por ver quién es más independentista, causa de los males de Catalunya, prosigue con vistas al 21-D

Todo empezó cuando Pasqual Maragall quiso ser más catalanista que Jordi Pujol y abrió la caja de Pandora del Estatut. Y Mariano Rajoy, por no ser menos que José María Aznar, abrió la caja de los truenos identitaria y se sirvió de la batalla estatutaria para recobrar el poder.

Acariciaba Artur Mas el sueño freudiano de matar al padre autonomista, de ser más 'president' que el 'president' por antonomasia. Y en modo "transición nacional" reinventó el 'peix al cove': o pacto fiscal o derecho a decidir. Pero la manifestación de la Diada 2012, instigada por los suyos, no clamó por la caja sino por la independencia. Y Mas, por no ser menos, se vistió de Moisés para conducir a su pueblo a la Tierra Prometida, elecciones mediante. Mas las aguas no se abrieron a su paso. 

De las urnas emergió Oriol Junqueras como nuevo (e impoluto) apóstol del soberanismo. Para ganar en pureza 'indepe' al líder de ERC, el 'president' dobló la apuesta. Persistir en solitario en la ficticia consulta del 9-N, "engañando al Estado" según confesión propia. Esgrimir aquel hito para disolver a Esquerra en la lavadora de Junts pel Sí. Lo que fuera con tal de ganar las 'plebiscitarias' del 27-S y así recuperar el timón del 'procés'. Ni por esas.

La Convergència que no quería ser menos independentista que ERC se propuso a renglón seguido competir en radicalismo con la CUP. Abrazó la desobediencia. Sacrificó al converso Mas y ungió al 'pata negra' Carles Puigdemont. Abanderó la unilateralidad y el conflicto entre el pueblo y un Estado tachado de opresor. 

Convencidos de ser más democrátas y audaces que quienes piensan distinto a ellos, los independentistas arrinconaron a las minorías, menospreciaron la verdad y las leyes, forzaron el choque y hasta alentaron huelgas generales. Para al fin proclamar una república que no pasó de papel mojado.

LA CRUDA REALIDAD

Cara el 21-D, prosigue la batalla por demostrar quién tiene la república más larga, insana competencia condenada a topar, de nuevo, con la cruda realidad. Es hora de que todos entendamos que nadie es más ni menos que el otro, que de este atolladero solo saldremos tratándonos de igual a igual.

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