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CENTENARIO DE UN MOMENTO CLAVE DE LA HISTORIA

Imperio ruso 2.0

Imperio ruso 2.0

Cristina Manzano

El error de Occidente ha sido menospreciar la capacidad de adaptación y superación de la ciudadanía rusa

Cuenta Ryszard Kapuscinski en 'El Imperio' que los dos elementos que ayudaron a mantener la integridad, y un sentido de propósito en común, en la extinta Unión Soviética fueron el idioma y la burocracia. En aquel vastísimo territorio formado por cientos de lenguas, pueblos y religiones, el ruso fue la amalgama que permitió comunicarse y sentirse parte de una misma historia a cientos de millones de personas que se extendían desde Europa hasta el Pacífico; así como también lo fue un sistema administrativo homogéneo y eficaz, capaz de ejercer el poder, guiado desde Moscú, durante más de siete décadas.

Así que Rusia, en realidad, nunca dejó de ser un imperio. Primero, bajo los zares; después, bajo los bolcheviques –como se ha recordado profusamente estas pasadas semanas, dedicadas a analizar, 100 años después, el mito de la Revolución rusa y sus consecuencias; y ahora, en nueva encarnación, bajo Vladímir Putin. 

Un siglo después, queda la nostalgia por la superpotencia que fue y también queda la gente

La versión de Putin

Analistas y observadores han dedicado mucho tiempo y espacio en los últimos meses a destacar el escaso interés del mandatario ruso por las celebraciones del centenario de la Revolución. Mientras, sin embargo, él sigue recuperando la capacidad global de su país y afianzando su propia versión del imperio.

Solo algunos ejemplos en apenas estos días. Por una parte, ha evitado que Venezuela se precipite por el abismo del impago total, con una reestructuración de la deuda venezolana que le da cierto aire frente a sus acreedores. No será, desde luego, la  solución definitiva, pero permite a Caracas ganar tiempo. Por otro, se ha vuelto a erigir en “el mediador” indiscutible  en la búsqueda de una solución política para el conflicto sirio, como anfitrión en el balneario de Sochi del líder turco, Erdogan, el iraní, Rohani, además del propio Bashar el Asad.

Sin olvidar su omnipresencia en el debate político mundial a raíz del papel de las injerencias rusas en la esfera de las redes, los medios y la comunicación en general.

De modo que cuando uno se pregunta hoy, ¿qué queda, 100 años después, de aquella revolución, de aquellos “10 días que estremecieron al mundo” -tal como lo describiera John Reed- y que parecían haber quedado enterrados bajo el peso de la historia?, la respuesta es: queda mucho. 

Nostagia, gente e inercia

Queda la nostalgia por una superpotencia que fue, y parecía desaparecida, y queda la gente. El propio Putin es hijo del sistema que surgió de aquella revolución; de aquella burocracia y de aquella jerarquía. Y, junto con él, millones de los actuales ciudadanos rusos que nacieron todavía durante el régimen soviético.

Queda también cierta inercia, en una población que, lejos de alcanzar aquel idealizado “hombre nuevo” que propugnaban los bolcheviques, vio cómo el régimen se empeñaba en  acabar con cualquier atisbo de pensamiento crítico. Pero el error de “Occidente” ha sido menospreciar, a menudo y de un modo paternalista, la capacidad de adaptación y de superación de la ciudadanía rusa. Una ciudadanía, o una parte de ella, a la que su presidente ha sido capaz de devolver el orgullo de pertenecer a una nación poderosa, de darle un nuevo sentido del imperio.

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