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MIRADOR

Catalunya es de los perdedores

Xavier Bru de Sala

Este país fue forjado y amasado por los perdedores que se tragaron la lagrimita victimista y, en vez de darse autocríticos golpes en el pecho, optaron por el espíritu constructivo

Por si no bastara con el 155, caen sobre la cultura unas injustas y terribles reclamaciones de IVA. Quienes de modo inocente esperan piedad o se arrastran farisaicamente para reclamar magnanimidad al casi eterno vencedor, harían bien en recordar la principal peculiaridad de este país, forjado y amasado por los perdedores que se tragaron la lagrimita victimista y en vez de darse autocríticos golpes en el pecho optaron por el espíritu constructivo.

Si el lector presumía que eso viene de la diferencia entre el 1640 y el 1714 que advertía John Elliott -indolencia colectiva posterior a la supuesta victoria de la Guerra dels Segadors en contraste con el gran país que levantan los perdedores de la de Sucesión-, ahora puede retrotraer los inicios de la singularidad catalana hasta el episodio fundacional de la reacción en positivo, reportado y teorizado por otro gran intérprete del pasado, José Enrique Ruiz-Domènec. En su ampliada 'España, una nueva historia', explica la visión de largo alcance del Abat Oliba y el gesto de su padre, contrarios ambos a la impulsiva reacción primaria, y pues guerrera, que sus primos, los condes de Barcelona, encabezaban tras la 'razzia' destructiva de Al Mansur, en el año 985, el de la primera desgracia, la peor y por lo tanto la más fructífera, que consistió en arrasar y saquear Barcelona.

Oliba consiguió dos cosas. Primera, la separación de poderes, que independizaba a los monasterios de los nobles (quienes hasta entonces nombraban obispos y abades a sus hijos). Y segunda, reducir el espacio de dominio de los señores de la guerra (calificados por él de "ladrones, perturbadores, raptores y predadores"). Así, en contraste con los demás reinos del norte peninsular, nace una sociedad diferenciada, más dúctil y equilibrada, menos jerárquica y con mayor centralidad de la cultura. En cuanto lo olvidemos sí estaremos perdidos.

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