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NEGARÉ QUE LO HE ESCRITO

Mientras no estabas

Risto Mejide


Acostumbrarse a estar contigo es un arma de doble filo. Descerebrarse por cada uno de tus huesos no es ya siquiera una opción.

Por un lado, me has hecho volver a creer en la convivencia. Y no te da vergüenza. Ojo, que no es una pregunta, es dato, hecho, afirmación. Tras deshacer mis nudos con insultante facilidad, los usaste para tejerte una hamaca donde antes sólo había conflicto, soliloquio y hostilidad. Repetir tantas veces lo mismo ha dejado de ser aburrido para pasar a ser una aventura en sí misma. Porque de hecho nunca es igual. Porque tú y yo no somos los mismos jamás. No contenta con ello, convertiste mi cotidianidad en algo tan poco mundano que ahora es muy jodido no saberlo ni explicar. Deberían estar donde estamos, cuando estamos y como estamos los dos. Y eso ya rompería esa magia, la que practicas sin trampa ni cartón, eso sí, sin explicarme el truco, porque algo me dice que no lo hay, y es justo ahí donde reside lo que otros llaman misterio, y con razón.

Por otro lado, mis ojos pueden tropezar con los tuyos casi en cualquier momento y eso sí que es una sobredosis de irrealidad. Porque negaré que lo he escrito, pero al final sé que nada de todo esto es lo habitual. Tanta belleza, tanta bondad concentrada, tanta alegría, tanta complicidad. Algún día me daré cuenta de que todo esto no era para mí, que sólo era parte de un bonito sueño llamado tú. El día que decidas apearme de tus labios, ya verás el hostión. Pero hasta entonces, y mientras eso no ocurra, pienso seguir disfrutando de tus ausencias casi tanto como de tu aquí estoy yo. Porque cada una tiene sus propias reglas, porque cada una es distinta a la anterior. Hoy quiero contarte lo que ocurrió la última vez que sumaste metros a este nosotros. Hoy voy a tratar de explicarte lo que pasó mientras no estabas.

Y es que mientras no estabas, las cosas jugaron al peste alta. Mientras no estabas, se dio por finiquitado el espectro de cualquier color. El gris fue el nuevo rojo, el nuevo verde y el nuevo azul. No había nada que echarse a los ojos, pues alguien se había llevado la luz. Bultos teñidos de sombra alargada. Fotocopias baratas de lo que dejaste tú.

Algún día me 
daré cuenta
 de
que todo esto no 
era para mí, que
sólo era parte de
un bonito sueño
llamado tú

Todo parecía tan congelado mientras no estabas. Todo parecía esperarse a tu vuelta, porque antes, total, para qué. El minutero arrastraba los pasos. La hora del móvil se volvió pantallazo. La de tu vuelta, zanahoria colgada de un palo. Ah, y algo muy importante. El fin del mundo se hizo canción. 

Fue entonces cuando traté de pensar otras cosas, despejar mi cabeza, fingir estar muy ocupado. Pero sirvió de muy poco, la verdad. Al final mis ideas corrían en círculos concéntricos como autobuses de línea, que por mucho que recorran siempre lo hacen con un mismo origen y final. 

Llamarte por teléfono tampoco arregló nada, sólo hizo que empeorar las cosas. De pronto era aún más consciente de que tú estabas al otro lado de algo y yo muy lejos de la influencia y jurisdicción de tu sonrisa. Pero lo que me dejó definitivamente tocado fue tener que colgar. De pronto me apagué y me volví arisco y huraño, enfadado con el mundo, como antes de saber que existías. No hay buen sabor de boca posible después de haberte dicho adiós.

Al final, puede que saberse lejos de ti sea la peor experiencia del mundo, pero de todas las peores, es posiblemente la mejor. Porque a partir de ahí sólo cabe ir mejorando. Porque acercarse es el camino más corto entre dos puntos, y reencontrarse, una obligación no recogida en los Derechos Humanos, todavía. 

El resto es sólo espera y desvarío, como puedes comprobar.

Venga, joder, ven ya.

Los pacientes lectores de esta columna te lo agradecerán.
 

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