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Golpe en un paisaje en ruinas

Albert Garrido

Pocos héroes nacionales han caído en la degradación moral y el sectarismo de Robert Mugabe, el líder carismático que acabó con el régimen racista surgido de la independencia unilateral de Rhodesia, proclamada en 1965 y que tuvo en Ian Smith su líder más visible. Desde que hace 30 años sacó adelante una Constitución presidencialista, Mugabe ha sido principio y fin de todos los instrumentos de poder, ha laminado o bloqueado la oposición y ha condenado a la población a ser víctima de una economía en ruinas, minada por la corrupción, la hiperinflación –incalculable según algunos– y una reforma agraria que, de existir, benefició en exclusiva a la camarilla presidencial. Basta un solo dato para medir la situación en Zimbabue: el Gobierno se vio obligado a autorizar la libre circulación del dólar, el euro y el rand a causa de la pérdida absoluta de valor de la moneda nacional.

El desastre económico es una consecuencia directa del político, de las intrigas de palacio, de las pugnas por el poder en el seno del ZANU-FP, el partido del presidente, y de la indisimulada pretensión de Grace Mugabe, la esposa del sátrapa –apodada Gucci Grace por su apego al lujo y a la vida dispendiosa–, a sucederle al frente del país. En realidad, el golpe de Estado en curso es el último acto de la rivalidad entre la gerontocracia del partido y el G40, del que Grace Mugabe (53 años) forma parte y es su líder principal. Esta facción persigue un relativo rejuvenecimiento del partido con objetivos francamente imprecisos –quizá el único sea asaltar el poder para lucrarse con él–, mientras los veteranos de la independencia que arroparon a Mugabe (93 años), pero que son más jóvenes que él, aspiran a sucederle y, con toda seguridad, a regular la transición del posmugabismo para acotar las atribuciones de la oposición, el Movimiento para el Cambio Democrático, un conglomerado con sus propios problemas de cohesión interna, encabezado por Morgan Tsvangirai (65 años).

Degradación del régimen

La purga de la última semana, que costó el puesto al vicepresidente Emmerson Mnangagwa (75 años), no ha hecho más que ahondar en la degradación del régimen y en la pretensión del Ejército de neutralizar las aspiraciones de Grace Mugabe. Las razones dadas por el generalato para dar el golpe –controlar “objetivos criminales” en el entorno del presidente– puede que sean menos imprecisas de lo que se ha dicho, habida cuenta de la inquina de los cuarteles hacia Grace Mugabe y de la influencia de esta siempre en aumento en el seno del ZANU-FP. En la práctica, el Ejército ve en Mnangagwa la garantía de que se mantenga la complicidad con la gerontocracia del partido para conservar sus privilegios, mientras que en el G40 adivina una forma de contrapoder o un competidor.

Nadie, en última instancia, aparece movido por el deseo de sanear el Estado y rescatarlo del expolio permanente, sino más bien de pilotar una reforma cosmética del poder para que nada cambie salvo la fachada del edificio, preferiblemente con el beneplácito de Sudáfrica, la potencia emergente de la región. 

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