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VENTANA DE SOCORRO

La vejez es una cura de humildad. El cuerpo nos domina con sus ritmos y achaques

Aveces se ve a un matrimonio mayor que pasea. Quizá están con un grupo y hacen turismo a precios de jubilado. No son del lugar y llevan un buen rato visitando monumentos. Entonces el marido, sin intercambiar una palabra, quita el bolso a su mujer, a la que ve rezagada, y se lo carga al hombro. No lo lleva con mucha gracia. Es como si cargara una bota de vino o la bolsa del almuerzo que llevaba a la fábrica años atrás, pero no le importa. Ya tiene esa edad en que no necesita parecer lo que no es. 

Su mujer, aliviada del peso, tampoco echa de menos el "bolsillo", como lo llamaba su madre antiguamente cuando bolso solo llevaban las ricas. También tiene una edad en que una no necesita rebuscar constantemente en él. La polvera, el rimmel, el espejito se han vuelto innecesarios. Se ha liberado. Tampoco necesita tener el móvil encima. Ya lo mirará cuando se sienten a comer. Sus hijos saben que para encontrarla lo más directo sigue siendo el fijo de casa. Ella tampoco necesita ya aparentar lo que no es. 

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Canosos, los dos avanzan tranquilos, joviales entre los otros "viejos", como también los llamaba su madre que renegaba del centro de jubilados. "Está lleno de viejos", se quejaba, como si ella no fuera una. Hoy es distinto. Los viejos son menos viejos que los de antes. Se espera de ellos actividad, gallardía.

Dignidad y hombría

Hace cuarenta años no hubieran pescado a su marido con un bolso de señora al hombro. ¿Qué hubiera sido de su dignidad, de su hombría? Por suerte, esos sarampiones se pasan. La vejez es una cura de humildad. El cuerpo nos domina con sus ritmos y achaques. Exige toda nuestra atención y, atado a él, el espíritu se libera de vanidades. Sufre uno más por la dignidad ajena. Por el lamparón que lleva él en el jersey. O por la quimio que la dejó a ella como bola de billar. A pesar de que las hijas le compraron una peluca, en cuanto volvió a salirle pelo se negó a usarla. Pica, dijo, da calor. Ahora lleva el pelo muy blanco y muy corto. Le da un aire sofisticado, francés, como Jean Seberg cuando eran jóvenes. 

Temas: Tercera edad

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