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Y Dios en la de todos

Najat El Hachmi

El creyente que se siente ultrajado es el que está a punto de salir de su paradigma por culpa de quien le muestra las costuras


El chico me cuenta las virtudes de su religión. Que es de paz y respeto a la vida, me insiste. Y yo bostezo, porque hace ya años que escucho este tipo de propaganda sobre las bondades intrínsecas de los distintos sistemas de fe. En algún momento también me convencí de que al fin y al cabo las religiones son formas de vehicular unos valores éticos con los que comulgamos la mayoría, pero cuando puedes hacer este razonamiento es que ya estás en el terreno pantanoso de poner en duda lo que era verdad irrefutable.

Quisiera decirle al chico que ya he pasado por aquí, que no hace falta que me venda otra religión más exótica, más pacifista, más lo que sea. Pero sigue hablando y en un momento dado, sin darse cuenta, se sitúa fuera de su sistema de creencias para describírmelo, y este hecho ya es suficiente para sacudir todo el engranaje, para romper el encanto de la ficción tomada por verdad.

Ficciones y certezas

Si uno puede situarse fuera es que ya no es tan creyente como piensa, pero da igual, el chico sigue contándome las bondades de su fe y yo no consigo ver aún si ya ha empezado el proselitismo. Michel Onfray, tratando de provocar el pensamiento del lector, dice en su Tratado de Ateología que los creyentes están afectados por bovarismo y  que «prefieren las ficciones tranquilizadoras de los niños a las certezas crueles de los adultos».

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Matamos a Dios pero este revive siempre con virulencia, dotado de los medios tecnológicos más avanzados. Así es como Instagram se ha llenado de influencers que, maquilladas hasta parecer muñecas, nos enseñan que es posible ser moderna y llevar la cabeza cubierta de modo permanente como dogma de fe. No solo eso, sino que hacen tutoriales para aprender formas sofisticadas de ponerse el pañuelo. No sabemos si son tan inocuas como parecen, simples usuarias de la red que quieren ser reconocidas con una lluvia de likes, o si detrás de su lustrosa modernidad está el lobo de siempre, mutado por enésima vez en apariencia atractiva e inofensiva, el lobo de la segregación ahora que la exposición pública de las mujeres puede ser mundial, viral, imposible de controlar.

Ofensa al sentimiento religioso

Mientras tanto, una drag queen que hizo un espectáculo de ficción durante el carnaval de Canarias fue denunciada en los tribunales no por herejía, sino por su versión fina de ahora, el delito de ofensa al sentimiento religioso. El creyente que se siente ultrajado es el que está a punto de salir de su paradigma por culpa de quien le muestra las costuras, que pone en duda todo el sistema. La fiscalía tuvo en este caso el sentido común de archivar la causa.

Dios seguirá reviviendo a cada paso porque, tal como dice Onfray, «no se puede matar un aliento, un viento o un olor, no se puede matar un sueño, una aspiración». 
 

Temas: Religión

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