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LA CLAVE

Carles Puigdemont, en el Centro de Prensa de Bruselas, junto a varios ’exconsellers’ el pasado 31 de octubre.

OLIVIER MATTHYS (AP)

Seguir engañando, ahora a Europa

Enric Hernàndez

Puigdemont busca en Bruselas prolongar la ficción, un paripé que no se merecen ni los independentistas, ni el resto de los catalanes ni la dignidad de la Generalitat

En 2014, al borde del colapso el soberanismo por su incapacidad para organizar el 9-N, Artur Mas mostró el camino: “Sobre todo, tenemos que engañar al Estado.” Sobre todo, pero no solo: muchos acudieron a las urnas convencidos de estar rebelándose contra Mariano Rajoy, sin saber que en secreto el presidente había prometido tolerar la votación. 

El aparente éxito de aquella maniobra animó a la élite independentista a persistir en la estafa. Para ganar las elecciones 'plebiscitarias' del 27-S había que prometer lo imposible. Para seguir en el poder una vez perdido el plebiscito había que desobedecer al álgebra y sostener que menos de la mitad de los votos eran una mayoría social. Para consumar el simulacro de referéndum del 1-O había que convencer a los catalanes de que la república estaba a la vuelta de la esquina, que bastaba con llenar (y proteger) las urnas chinas para que esta se hiciera realidad.

De un tiempo a esta parte, quienes venimos refutando por fraudulentas las vanas promesas del independentismo unilateralista, a menudo repudiados por no comulgar con ruedas de molino, escuchamos con estupor a ciertos actores de esta representación política reconocer abiertamente lo que antes negaron o prefirieron callar. Lo hizo Mas al admitir que Catalunya no estaba preparada para la “independencia real”. Lo han hecho Marta Pascal y el aspirante Santi Vila (PDECat), reconociendo que estos años se ha vendido humo a los catalanes al anunciarles una independencia “fácil y sin costes”. Y lo ha rematado Benet Salellas (CUP):  “No hay ni estructuras de Estado (...) El Govern no estaba preparado para  la unilateralidad.” 

‘SHOW MUST GO ON’

Queda así acreditado que la república no llegó ni a embrión, que el Govern se ha resignado a que lo cese Rajoy en persona y que las fuerzas secesionistas han reconectado con el Estado al acatar la convocatoria de unas autonómicas al amparo de la Constitución española. Pero el aterrizaje en la realidad del independentismo no se acaba de imponer ante la proclividad a la patraña.

Con su secreta espantada y su comparecencia teatral en Bruselas, Carles Puigdemont y parte del Govern han protagonizado uno de los episodios más esperpénticos de la historia catalana. Con el objetivo de engatusar a las autoridades europeas fingen refugiarse en Bélgica, cuando son libres de circular por todo el mundo en tanto no los cite la justicia.  Puigdemont acata la convocatoria electoral del 21-D, pero culpa a Rajoy de haber sembrado el «caos» en Catalunya, donde por cierto el 155 no ha alterado la normalidad. Dice temer por su seguridad tras darse un baño de masas en Girona, y olvidando que medio Govern sigue en Barcelona. Y niega que vaya a pedir asilo en Bélgica al tiempo que exige desde Bruselas «garantías» de que tendrá un juicio justo, como si la UE pudiera injerirse en la justicia española.  'Show must go on'.

Ni los votantes independentistas, ni el resto de los catalanes ni la dignidad institucional de la Generalitat se merecen este paripé.