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Al contrataque

Esto no es un #MeToo

Najat El Hachmi

Allí, acorralada en los baños de una fábrica, revenían como un reflujo amargo los consejos de las madres de antaño

El compañero de trabajo que te acorrala en los baños de la fábrica, encendido, echándote el aliento a la cara y amenazas con gritar pero él lo sabe, tú lo sabes, el ruido de las máquinas es tan ensordecedor que no te va a oír nadie aunque te desgañites. Tenías buena sintonía, con el compañero, más o menos, la buena sintonía que hace más pasables las pesadas horas de rutina, la amabilidad con la que te obligas a hablar hasta con quienes ya ves que no son muy de fiar.

Todo para sacudirte los fantasmas de un pasado en que los hombres no dejaban de ser simples depredadores, los hombres sobre los que tu madre te decía no te fiaras nunca y tu padre que solo tienen una cosa en la cabeza. Para demostrarte a ti y demostrar al mundo que hay otras formas de establecer lazos entre ambos sexos, que no puede ser que todos sean iguales, que tiene que haber esperanzas de cambio, te sacudías las advertencias familiares y te decías a ti misma que ser agradable, simpática, tener una amistad confortable, incluso coquetear inocentemente no podía ser, seguro que no sería una carta blanca por la que podían permitirse invadir tu espacio sin permiso, se creyeran con el derecho de penetrar sin más tu intimidad. Allí acorralada en los baños de una fábrica revenían como un reflujo amargo los consejos de las madres de antaño.

Carne para la cata

¿Qué ha pasado? Te lo preguntas, te preguntas cómo es que esto sigue y ante la agresión te quedas como un animal que se hace el muerto o te sorprende tanto que ni te mueves, no te lo puedes creer. El caso es que la mano te palpa como si tu no tuvieras nada que ver, como si fueras carne disponible para la cata, el aliento caliente se te pone en la cara o en la nunca o en la oreja para comentarte partes de tu anatomía, para comunicarte su deseo con todo lujo de detalles, para imponértelo como un fenómeno natural imparable, ya sabes, chica, los hombres son así, no lo pueden evitar. No haberte vestido así, te decían, no provoques pero ¿qué de provocador tenía un mono azul de trabajo?

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Y la sacudida, la sacudida que causa la agresión no solo tiene el efecto de enturbiar tu deseo de por vida si no le pones remedio haciendo una buena terapia, no solo convierte tu cuerpo en el enemigo que tiene la culpa de ser agradable sino que te vuelve a un estado primigenio de vulnerabilidad y dependencia, origen de este machismo presente. La lección que aprendes está clara: podrás emanciparte, dejar de estar ligada al destino de un hombre porque la fuerza de tu trabajo te permite valerte por ti misma, vivir como quieres y con quien quieres en igualdad pero cuando la mano penetra tu intimidad te vuelve a poner, como nunca, en el sitio que te toca como mujer.  

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