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Análisis

Aprovechar la frustración y fiarlo todo a que un conflicto llame la atención del mundo supone una estrategia temeraria: no se puede azuzar el caos y luego querer controlarlo

Se han puesto a hablar de las dos legitimidades como si existieran de verdad y a un lado estuvieran los nostálgicos grises que viven en 1978 y a otro los libertarios en color que harán avanzar la Historia, como si pudieran coexistir dos parlamentos y dos realidades. Quizá la división sea otra, entre realidad y ficción. Había lágrimas de emoción en el Parlament la tarde en que se declaró la independencia y las había entre quienes corrieron a Sant Jaume para gritarse "Salut i República". Había lágrimas de emoción y eran sinceras, pero apenas quedaban verdades. Nadie reconoce la república unilateral de una parte de los catalanes (47% de los votos) proclamada con una propuesta de resolución. Daba igual que medio hemiciclo estuviera vacío, que hubiera lágrimas de emoción también en la otra parte, que no existiera un sol poble o que la declaración resultara de un referéndum que no tuvo censos ni autoridad electoral. Daba igual, porque el objetivo era tener lo que se prometió aunque fuera solo una resolución, un papel. Ni siquiera una foto.

Más que un artículo en 'The New York Times'

Como la votación fue secreta, buscaron la imagen simbólica en la escalinata, con Puigdemont rodeado por una CUP entusiasta y un Govern con cara de circunstancias. Pareció en ese trance que los consellers distinguían entre realidad y ficción, que debió de ser lo que le ocurrió a Puigdemont en las horas en las que estuvo resuelto a convocar elecciones autonómicas. Pero la imagen histórica se limitó a la baranda del Parlament y, a falta de balcón, las cámaras se pusieron a enfocar las banderas por si arriaban la española. Todo el procés para un papel, como admiten los dirigentes soberanistas en sus conversaciones privadas, siempre a escondidas. Resultó que la independencia era más que un artículo en The New York Times.

Se han puesto a hablar de las dos legitimidades porque resulta más fácil partir el mundo en dos pedazos e insinuar que quien discrepa es porque, en el fondo, secunda hasta las cargas policiales. Pero la realidad es compleja. El independentismo es una aspiración legítima que se disparó por la sensación de que España no escuchaba y la constatación de que había quien buscaba humillar a Catalunya. Hay, de hecho, quien lo busca aún al abrigo del artículo 155. El 80% de los catalanes quería votar y aquella reivindicación fue incomprendida; pero esta no es la manera. Aprovechar la frustración y fiarlo todo a que un conflicto llame la atención del mundo supone una estrategia temeraria: no se puede azuzar el caos y luego querer controlarlo.

Confusión interesada entre querer votar y querer irse  

Con el argumento independentista de que no hay otra manera de hacer se han conculcado todos los derechos para tratar de imponer una república que no pide la mayoría, porque se confundió interesadamente querer votar con querer marcharse. Ahora, cada vez que se pregunta por el precio de esa imposición y todas sus vulneraciones se responde que no hay otra forma, que la única salida es el conflicto de un pueblo no contra otros pueblos sino contra sí mismo. Todo el procés por un papel y la retirada de una bandera. Se ha confundido la realidad con la ficción, la épica con la frustración. Esperar a que la calle se agite no parece el cauce político de quien tanto clama por la paz y el civismo. Menos cuando está abierta la vía por la que siempre se dijo que la gente podría expresarse y contarse, que son las elecciones.  

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