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EL PROCESO SOBERANISTA

Puigdemont, en el estrado del Parlament, el martes de la semana pasada.

JULIO CARBÓ

Política para 'dummies'

Carmen Juan

Si buscamos referentes internacionales propongo volver a mirar hacia Quebec: Justin Trudeau recuerda la necesidad de un claro respaldo y deseo de la población para configurar un nuevo país

El estrés es la reacción extrema de un cuerpo sometido a la inminencia de un peligro, real o figurado. Según esta definición, mi diagnóstico para la ciudadanía, es de hiperventilación por una crisis de ansiedad anticipatoria. Al menos reconozco en mí misma esos efectos. ¿Qué ha pasado para sufrir esta crisis? Todavía nada. Esta parece la constante en este larguísimo conflicto en el que ya no sabemos si estamos ganando tiempo o perdiéndolo, qué políticamente, no pasa nada de nada. Puigdemont y Rajoy se han intercambiado cartas que han necesitado de semiólogos para descifrarlas. Al final se ha concluido que: la independencia no se ha declarado en Catalunya, pero podría declararse en cualquier momento, si el Gobierno central obliga a ello al activar el artículo 155, el artículo con el que el Gobierno amenaza a Catalunya si declara la independencia. Visto así parece un gag de Faemino y Cansado.

Se mantiene el suspense, a la espera de un Consejo de Ministros extraordinario que tome alguna medida, que deberá aprobar el Senado, que podría convocarse a finales de la próxima semana. En Catalunya, el Parlament ha convocado su junta de portavoces para el lunes por la mañana, en la que convocarán un pleno quizá para finales de semana, que podría servir para declarar la independencia… o no, porque la independencia también podría declararse por decreto, aunque algunos 'consellers' han amenazado con dimitir si se hace. ¿Y si todas estas maniobras dilatorias y plazos obedece a que nadie sabe qué hacer ahora?

En este larguísimo
conflicto ya no sabemos si estamos ganando tiempo o perdiéndolo

Estoy llegando a la sospecha de que la independencia catalana es un MacGuffin, la excusa, para seguir generando la tensión en el espectador, el truco para que la historia avance. ¿Qué historia? La historia de un país que está pidiendo a gritos que le quieran. Qué tiene la voluntad de ser y no solo de estar, y  que ante la incomprensión de España, busca que el mundo le mire, para dar pena, para alimentar ese victimismo atávico por la nostalgia de una guerra perdida hace más de 300 años  y de la que sigue alimentándose. Solo así se explica el interés desmedido en buscar la reacción internacional, en pedir a la Unión Europea que nos salve, a pesar de que Europa bastantes problemas tiene con los populismos y ultranacionalismos que la están poniendo en riesgo.

El ejemplo de Justin Trudeau 

Ya que buscamos referentes internacionales propongo volver a mirar hacia Quebec, ese espejo en el que nos gustaba mirarnos antes de arrinconarnos en vías eslovenas o kosovares. En su autobiografía, recién publicada en España, dice el presidente canadiense, Justin Trudeau, hijo de otro presidente canadiense francófono hasta las cachas: “Si uno va a configurar un nuevo país, debe tener un claro respaldo y deseo de la población para llevarlo a cabo. Uno no debería engañarlos, o endulzar el resultado (...) El mandato de una escasa mayoría basada en información errónea me parece una receta de agitación y disturbios”. Si alguien hace un manual de política para 'dummies', por favor que lo use en el prólogo.