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IDEAS

Ryan Gosling, en un fotograma de Blade runner 2049.

Detalles de una puesta de sol

Jordi Puntí

Pues fui al cine a ver 'Blade Runner 2049', para evadirme un rato de la realidad que nos rodea, y durante las dos horas y media que dura la película lo conseguí. No solo eso, sino que después he seguido pensando en ella, por lo que a ratos la evasión mental se ha prolongado. Por las reacciones diversas que he captado en las redes, me doy cuenta de que la secuela que ha dirigido Dennis Villeneuve provoca bastante menos entusiasmo que el original de Ridley Scott, pero a la vez tiene sus defensores. Digamos de entrada que Ryan Gosling es un actor mediocre y quizás su falta de expresión le vaya bien a su personaje de replicante sin emociones. Harrison Ford se ha hecho viejo y desde hace unos años solo puede actuar enfadado, haga el papel que haga, pero sus escenas ya van en este sentido. Aunque no voy a entrar en detalles, la trama de este nuevo Blade Runner tampoco es ninguna innovación respecto del original, más bien tiene un aire de repetición...

¿Qué tiene de bueno, pues, este 'Blade Runner 2049'? Su estética, sobre todo, y su atmósfera. El panorama apocalíptico es aún más poético

¿Qué tiene de bueno, pues, este 'Blade Runner 2049'? Su estética, sobre todo, y su atmósfera. En 1982, cuando se estrenó la película de Ridley Scott, una de las cosas más sorprendentes era que describiera el futuro inmediato con un realismo desconocido en el cine de ciencia ficción. Esas imágenes enseguida se volvieron icónicas: las pantallas que emiten publicidad noche y día, los coches voladores, la lluvia imparable sobre las calles sucias y cenagosas, los apartamentos asépticos... Todo esto reaparece en la nueva película, más hiperrealista aún a causa de los efectos digitales, y quedamos encantados como quien vuelve -año después- a un lugar donde fue feliz de vacaciones.

Sin embargo, más allá de estos decorados que ya conocíamos, el panorama apocalíptico es aún más poético, por así decirlo. La tierra vive sumergida en una eterna puesta de sol, de colores terrosos, y las escenas que transcurren en Las Vegas habrían fascinado a Jean Baudrillard por su existencia artificial: el holograma de Elvis Presley actuando en la sala vacía de un casino polvoriento. La humanidad sin seres humanos, inmóvil, por fin convertida en un no-lugar perfecto, incluso más allá de la puerta de Tannhäuser.

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