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BESOS ENVENENADOS

Messi celebra uno de sus goles contra Ecuador.

AFP / RODRIGO BUENDIA

El suicidio de Leo Messi

Antonio Bigatá

Barcelona tendrá que tomar medidas especiales para intentar evitar que Messi se suicide. No es seguro que pueda evitarlo. Cualquier día su cadáver puede aparecer colgado de una percha al fondo del vestuario sin que, milagros de la vida, Cristiano Ronaldo tenga nada que ver con ello. Y con Neymar pudiendo demostrar que en el momento del óbito estaba en una fiesta muy lejos de allí (centenares de chicas lo corroborarán, centenares de chicos testificarán además que ellos estaban encima, debajo, dentro, fuera, arriba, abajo, delante o detrás de aquellas señoritas-coartada). 

Pero las idas y venidas de Messi con la selección argentina no pueden acabar bien. Es demasiado inteligente para dejarse matar a besos envenenados como los que recibe ahora, después de Ecuador, y en cualquier momento puede tomar la decisión de acabar con la perra vida que Dios le ha dado. Sabe que Argentina no le quiere. Sabe que simplemente le necesita. Sabe que ya está juzgado y sentenciado: "Es bueno, pero...".

Sabe que le culparán de todo lo que no sea seguir haciendo milagros. ¿Puede resistir su cerebro estar obligado a todo, a marcar los goles, a desequilibrar el juego individual y de conjunto del rival, a ir cambiando las tácticas de su equipo a medida que van desfilando entrenadores absurdos... No, eso no puede acabar bien. Porque además crea una ficción peligrosa: la de que Argentina puede ganar algo cuando en realidad hace un juego tan desastroso que solo puede contar con los goles que marque Messi y los que se meta en propia puerta el adversario.

¿Por qué no juegan a fútbol?

Todo es irreal. Cuando Messi consigue un gol todos los jugadores de Argentina se abrazan, gritan y saltan como si lo hubiese metido el equipo. Y Leo no tiene más remedio que preguntarse ¿por qué no juegan al fútbol con él?, ¿por qué no se desmarcan cuando él quiere pasarles la bola?, ¿por qué no se sitúan en condiciones de intentar dibujar una triangulación?, ¿por qué, en definitiva, se limitan a recostarse en su persona esperando que haga todo el trabajo hasta que llegue el momento final de repartirse entre los once la presunta gloria?

Algunos de sus compañeros intentan ayudarle. Mascherano, al que le debe de dar vergüenza lo que le pasa a su amigo del Barça, busca la forma de ofrecerle alguna pelota en condiciones, pero el 'Jefecito' debe ir sorteando a quienes llevan su misma camiseta porque sabe que ninguno de ellos comprende lo que hay que hacer para ayudar a MessiOtamendi se multiplica para que los adversarios no marquen tantos goles que luego Leo no pueda remontarlos.  Pero otros, como Di María o Biglia, que en sus respectivos clubs a veces logran establecer cierta relación psicológica con el fútbol-asociación, en la selección quedan obnubilados o abducidos, se sientan en unas respectivas hamacas mentales y esperan tranquilamente a que el partido acabe y ellos hayan ganado.

La afición argentina le hace saber que prefiere a Maradona, que él siempre será 'El otro'

Por otra parte está la afición, exigiéndole, castigándole, recordándole que siempre ha preferido a Maradona, y dejando claro que él debe joderse, ganar los partidos y callar. Los de las gradas de su país nunca disimulan que siguen enredados en la trama hortera del 'Pelusa' y que Messi para ello nunca podrá pasar de ser un polvo circunstancial. Le aplauden para que en sus sueños eróticos sigan comparándole, en su contra, a Diego,  pero tienen la necesidad de hacerle saber que en su escala de amores el siempre será El otro, el esposo tonto siempre engañado, el cabrón que debe llevar los cuernos con humildad.

Prensa peronista

La prensa argentina también está en eso. Culpable hasta el infinito del pecado de querer vender ejemplares subiendo continuamente el listón de la insatisfacción y repitiéndole cada semana siete veces que sin un Mundial o sin una Copa América no se es nada, mientras guarda para mañana el otro golpe en la nunca: la afirmación de que a veces se puede ganar un Mundial sin llegar a ser en realidad el mejor.

A ratos esa prensa que nunca podrá dejar de ser hormonalmente peronista disimula fugazmente, pero en esos momentos su amor hacia Leo es profesional, de cálculo, de pasar por caja, y solo para poder exigirle más tiempo para las comparaciones desfavorables respecto a Maradona. Ante todo eso Messi puede ganar solito el partido contra Ecuador, pero en Barcelona hemos de vigilar para que en ningún momento se quede solo y con un arma al alcance de la mano. 

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