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IDEAS

La Trampa 22 del Procés

Miqui Otero

Últimamente hago muchos sofritos. A deshoras y con una desproporción entre artística y atlética. Hago sofritos con la obstinación ciega de una madre del Opus de familia numerosa. Con la megalomanía casi inútil de quien pretende preparar una paella de réecord Guiness. Muchas veces, como mientras esperaba la declaración de Puigdemont, oigo sirenas ululando y también helicópteros zumbando, así que no puedo evitar verme como Ray Liotta en 'Uno de los nuestros', que, desquiciado por el dispositivo policial desplegado a unos metros de la cocina, insiste en que su dignidad pasa por acabar de cocinar su boloñesa.

Insisto en hacer sofritos porque mientras los hago puedo pensar. Para ello, también camino, sin rumbo aparente. El problema es que a veces empujo un carrito de bebé, así que cuando los pensamientos se desbordan como el agua en la olla tapada del fogón, cuando ya pienso en voz alta, debo fingir ante la mirada suspicaz de los transeúntes que: a) voy hablando con el manos libres; b) le estoy recitando el 155 o la Llei de Transitorietat a un niño de cuatro meses. "Va genial para dormirlo", le digo al quiosquero, que amaga con llamar a Servicios Sociales.

Todo soldado puede alegar locura para abandonar el ejército; pero si lo hace, demuestra que no está loco, sino cuerdo

"¡Esto es Trampa 22!", grito por fin en un semáforo. 'Trampa 22' es una novela antibélica de Joseph Heller, quizá la más lúcida y divertida. Todo sucede en el Escuadrón de Combate 256, donde un bombardero se niega a hacer la siguiente misión. El reglamento recoge que todo soldado puede alegar locura para abandonar el ejército americano. Solo debe pedirlo. Pero el caso es que, si lo pide, demuestra que le asusta el peligro de esas misiones, así que no está loco, sino cuerdo. Es decir, hijo: pidiendo el permiso para no volar en misiones de combate y alegando locura demuestra que él, de hecho, está cuerdo (solo un loco querría bombardear otra vez) y por tanto se le deniega su petición. Eso es la Trampa 22 y su lógica parece presidir todo también aquí: cuando cualquier persona poco cerril dice que esta guerra no es suya, pero también cuando se reclama diálogo a quien se tilda de demente, pero si este detiene su escalada y lo pide está demostrando que en realidad está cuerdo, así que algo estará tramando con esa maniobra. Así, se podría llegar a suspender una cosa suspendida, lo que significa aprobarla, en una doble negación del estilo "no quiero que no me dejes", que es como pedir que me dejes. 

De este modo, ante un anuncio como el de Puigdemont, acaso forzado más por presiones que por convicción, unos se sienten traicionados, otros justifican la reacción oscura que ya traían programada y otros, como yo, vuelven a casa porque se han dejado el sofrito al fuego. Y los sofritos, incluso al fuego más lento, se pasan. Y lo peor no es que se quemen las láminas de cebolla. Lo peor es que arda la cocina o el edificio. En cambio, ese sofrito, caldo mental y miscelánea de opiniones, podría colocarse en el centro de una mesa de diálogo lejos de la Trampa 22 y de todas las otras.

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