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Gerard Piqué, a su llegada a Alicante, este jueves.

EFE

Oídos sordos

Mónica Marchante

Se ha dicho siempre que no hay más sordo que el que no quiere oir. Y desgraciadamente, vivimos días en los que la sordera y la ceguera se extienden como las flores en primavera.

Al confirmarse el rumor de que Gerard Piqué iba a comparecer en la concentración de la selección, pensé en el valor de la palabra frente a la furia que percibo en el ambiente. Furia aquí y allí. Imagino un mundo en el que un futbolista que juega en la selección de mi país, que ganó un Mundial y una Eurocopa con un papel destacado, que tiene opinión y la expresa sobre lo que sucede en la sociedad que vive, que se enorgullece de su tierra, participa activamente en la vida social a través de las redes sociales, un futbolista que se equivoca, sí, como cualquiera, pero lo paga en forma de pitos... imagino un mundo en el que ese jugador pueda manifestarse sin que se le exijan cosas que nadie toleraría.

¿Desde cuándo hay que responder a cuestiones personales para que se te 'permita' jugar en la selección? Y, sobre todo, ¿quién examina de 'españolidad'?

¿Alguien le ha preguntado a Aduriz si le gustaría que el País Vasco se independizase de España? ¿A Odriozola si elegiría a la selección de Euskadi antes que a la española?¿A Thiago si alguna vez se sintió más brasileño que español? ¿Desde cuándo hay que responder a cuestiones tan personales para que se te 'permita' jugar en la selección? Y, sobre todo, ¿quién examina de 'españolidad'?

La noche del martes algunos medios de comunicación hablaban de una fuerte presión sobre Piqué en la concentración de Las Rozas que podría hacerle dejar la selección, de una relación rota con Sergio Ramos, y añadían que la situación era insostenible. La imagen de Gerard votando en el referéndum ilegal sumada a sus deseos de suspender el partido del Barça, sus lágrimas ante los sucesos del domingo en Catalunya unidos a sus retuits de denuncia o sus críticas al presidente del Gobierno, condenaban definitivamente al central a tomar una decisión. La afición había dado su dictamen en el entrenamiento de Las Rozas. Piqué debía irse.

El compromiso de siempre

En la era de la tecnología digital y la comunicación, paradójicamente, parecemos más incomunicados que nunca. Tuiteamos, periscopeamos nuestra vida en directo pero escuchamos y entendemos menos que nunca. Va todo tan en vivo que no dedicamos tiempo a escuchar o entender el contexto social del otro. Y más si se trata de un chico joven, guapo, futbolista, triunfador, millonario, con idiomas, estudios y legión de fans.

Que Piqué es independentista no se discute lejos de Catalunya. Es un axioma. Por eso cuando el miércoles dijo  "un independentista, que no es mi caso, puede jugar en la selección" muchos no quisieron escuchar la oración subordinada. Y pese a que lo repitió en dos ocasiones, insistieron hasta la saciedad sobre si quería que Catalunya se independizase de España. No hay más sordo que el que no quiere oír. Y a Piqué, diga lo que diga, muchos no le quieren oír. Ahora a jugar con la selección española con el compromiso de siempre. Y van 92.

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