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GENTE CORRIENTE

Marta López, en la Església Protestant Barcelona-Centre.

ALBERT BERTRAN

Marta López: "Una divergencia política nunca debe enturbiar la fraternidad"

Núria Navarro

En este octubre que hoy empieza fuerte se cumplen 500 años de la Reforma protestante, una comunidad perseguida y encarcelada durante el franquismo y soslayada desde la Transición [los pastores que ejercieron antes de 1991 y sus viudas no cobran pensión pese a que existe una sentencia de Estrasburgo]. Marta López Ballalta (Barcelona, 1973) encabeza la Església Protestant Barcelona-Centre, fundada hace 145 años en el corazón del Raval.

¿Cómo debo llamarla? ¿Pastor? ¿Pastora? Marta. En nuestra comunidad nos llamamos por el nombre.

¿De qué puede ir el sermón en un día como hoy, Marta? Decía el teólogo protestante Karl Barth: "Hay que tener la Biblia en una mano y el periódico, en la otra". Es el mejor consejo para una homilía. Mis últimos sermones han hablado del perdón, de la libertad y de cómo miramos al otro. Una divergencia política nunca puede enturbiar la fraternidad. Hay que sentarse en una misma mesa, pensemos lo que pensemos.

Al menos, la Conferencia Episcopal ha decidido no enviar las siete plagas a Catalunya.  Me parece perfecto. La iglesia no debe tomar partido político, pero sí implicarse en la vida social y pedir respeto por los derechos civiles. La vocación de la iglesia es hacer un mundo mejor.

¿Y la suya, su vocación, cómo la explica? Yo nací en una familia protestante de Guinardó. Durante la dictadura, mis padres [el padre fue detenido por repartir folletos sobre su fe] encontraron en el protestantismo a un Dios diferente al tridentino, menos juez y más amoroso, que se aproximaba más al ser humano. Ellos pertenecían a la familia de Asambleas de Hermanos, y cuando yo tuve una conciencia de fe, decidí cambiar a la unión de metodistas y presbiterianos.

¿Qué plus le ofrecía? Un marco teológico más amplio. Hay que respetar los puntos básicos –democracia y ecumenismo–, pero permite el libre pensamiento sin ninguna restricción y el papel de la mujer está normalizado.

¿Puede fumar? ¿Beber? Los pastores somos seres humanos. No tenemos aura de santidad. En la única cosa en la que me esfuerzo en dar ejemplo es en servir a los otros.

Está casada y tiene un hijo. Sí. Mi marido, Jonathan, es pastor en Rubí y tenemos un hijo de 13 años. 

O sea, es la envidia de miles de monjas. El espacio religioso es el que más ha minusvalorado a las mujeres.

La Biblia no ayuda. No ayudan ciertas lecturas. Tampoco puedes leer a Aristóteles y aplicarlo literalmente. Claro que hay pasajes de san Juan que pueden parecer misóginos, pero son del año 150 después de Cristo, en una sociedad mediterránea, patriarcal a más no poder.

Han pasado 2.000 años y ya ve. Hay que reconocer que la gran mayoría de sociedades siguen siendo patriarcales. El patriarcado es una manera de control y eso es totalmente anticristiano. El cristianismo debe ofrecer libertad a hombres y mujeres.

Hay sectores protestantes que eso de ser pastoreados por una mujer... El protestantismo es muy amplio. Yo no he oído críticas por el hecho de ser una pastora ordenada. Quizá porque no estoy en el lado derecho. 

¿En qué lado está? Caigo por la izquierda. Somos de las pocas iglesias en España en la que no hay discusión sobre la homosexualidad, por ejemplo. 

Antes de todo esto, ¿qué hacía? Mi marido y yo nos conocimos en la iglesia. Éramos muy activos, pero llegó un momento en que creímos que faltaba compromiso. Yo trabajaba en comercio exterior, en una empresa de transportes, en Aduanas. Cogimos los trastos y al niño, que tenía 4 años, y con la ayuda de nuestra comunidad –la de la calle Nació, en el Clot– nos fuimos a estudiar teología al seminario de El Escorial.

¿A Madrid? Sí. Con penurias, becas y ayuda de los amigos, sobrevivimos cuatro años. Renunciamos a lo que teníamos y fue una muy buena decisión. Lo importante es vivir y trabajar en lo que crees.

¿Es el mensaje a rescatar de Lutero? Lutero hizo que el cristiano no fuera una persona pasiva delante de la divinidad y comenzara a ser un agente activo 'con' la divinidad. El culto dejó de hacerse en latín –que nadie entendía– y de espaldas, para que participara todo el mundo. Cuando cambias al ser humano delante de Dios, transformas la sociedad. Eso revoluciona la visión del mundo.

¿Tendrá alma protestante Catalunya? (Ríe) Quizá. Mucho de lo que sucede hoy en el Estado español es fruto del Concilio de Trento, que aquí nunca acabó de cuajar.
 

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