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ANÁLISIS

Una mujer saudí se prepara para subir a un taxi en una calle principal de la ciudad costera de Yeda, el 27 de septiembre.

AFP / AMER HILABI

'No woman, no drive'

Jordi Moreras

En el 2013 todos reímos con la parodia del comediante saudiamericano Hisham Fageeh, de la conocida canción de Bob Marley 'No woman, no cry'. La sátira venía a ridiculizar la prohibición del Gobierno de Arabia Saudí que impedía que las mujeres pudieran conducir. Aparte del estribillo, Fageeh también versionó parte de la letra de la canción, introduciendo frases como "tus ovarios están protegidos, para que puedas tener muchos bebés", en referencia al surrealista dictamen jurídico elaborado por clérigos pertenecientes a los sectores más conservadores, que consideraban que conducir podría afectar a la capacidad reproductora de las mujeres.

Lo cierto es que más allá de parodias ocurrentes y graciosas, escuchar que Arabia Saudí permitirá que las mujeres puedan conducir parece increíble, si no fuera porque viene a ser indicativo del lamentable estado de los derechos humanos en este país, largamente denunciado por organizaciones como Amnistía Internacional. 

Este caso viene a revelar tres elementos. En primer lugar, gracias a esta noticia hemos conocido la larga, penosa y silenciada lucha llevado a cabo por las activistas saudís en defensa de sus derechos civiles y políticos. Con ello se rompe un doble espejismo: el de la imagen de la sumisión femenina en las sociedades musulmanas, y el de las mujeres saudís, a las que imaginamos ociosas y rodeadas de lujo en una jaula dorada sin puertas ni ventanas. Queda claro que esto no es así, y que el movimiento por la lucha de las mujeres no es un capricho de princesas que juegan al activismo, sino de mujeres que quieren defender los ámbitos de libertad ganados en una sociedad ultrapatriarcal y androcéntrica.

En segundo lugar, y como consecuencia del efecto de estas reivindicaciones, que no pueden ser ni negadas ni ocultadas por más tiempo, no le queda más remedio al régimen saudí llevar a cabo este gesto simbólico, más forzado que asumido, para facilitar que las mujeres puedan conducir. Lo que pasa es que la cuestión de la igualdad de las mujeres sigue siendo un tema sumamente delicado en el reino saudí, que puede romper el frágil equilibrio de poderes que lo sustenta. Y más ahora, en que el rey Salman ha impuesto como heredero a su hijo Mohamed, en perjuicio de su sobrino, que hasta junio pasado ocupaba el primer rango sucesorio. Este mensaje de ficción aperturista se lanza en dos direcciones: a nivel internacional, para responder tímidamente a las reclamaciones de mayor apertura del régimen, y a nivel interno, para aplacar a la caverna teológica ultraconservadora, anunciando que esta reforma no se aplicará, al menos, hasta junio del 2018.

Y por último lugar, hay que comentar cómo va a interpretar el mundo del islam esta nueva evidencia de la excentricidad del wahabismo. Los musulmanes hace tiempo que reconocen que la versión ultramontana del islam saudí dejaría de ser influyente, si no se viera acompañado del poder e influencia de un régimen político, con capacidad desequilibrante en la producción de hidrocarburos. Siempre habrá quien dirá que ser musulmana y tener carnet de conducir es incompatible. Y así seguiremos, aunque espero que no tengamos que esperar a que se sequen los pozos de petróleo para quitarse de encima esta interpretación esclerotizada que ahoga el legado del islam. Las mujeres saudís tampoco pueden esperar.