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NEGARÉ QUE LO HE ESCRITO

Jo tinc por

Jo tinc por

Risto Mejide

Vuelvo a una Barcelona que ya no es ciudad, sino estado de ánimo. El estado de ánimo de quien se siente atacado, asesinado, ultrajado, despellejado, desangrado, y todo por una razón que jamás comprenderá. La razón de la sinrazón. La civilización de la barbarie. Las reglas de quien rompe las reglas. El sentido del sinsentido. La cobardía de quien se cree valiente. La victoria del perdedor.

Negaré que lo he escrito, pero ésa es la verdadera naturaleza del mal. La ausencia de toda naturaleza. Lo disfracen de ideología, de movimiento o de religión, da igual. Quien no respeta la vida, no sólo no hace el bien, sino que está haciendo el mal, que no es lo mismo.

Vuelvo a una Barcelona que vuelve a decirle al mundo un mensaje alto y claro. El penúltimo fue hace 25 años, ese inmenso «hola» que acogió al mundo. El último, ese «no tinc por» no menos universal que lo ha vuelto a sobrecoger. Por razones distintas, pero usando el mismo lenguaje. El único que traspasa la piel y te la eriza. El del respeto, la unidad, la tolerancia, la hospitalidad o, dicho en plata, el del amor.

Por eso, y porque hoy me siento más orgulloso de ser barcelonés que nunca, aunque me encantaría añadirme al grito, yo, siendo sincero, debo decir que jo tinc por. Y me consta que no soy el único. Creo que entiendo la intención de la frase. Creo que entiendo lo que quiere decir. Pero como suele ocurrir con las cosas importantes, comparto esa frase y también su opuesta, su contraria.

Golpe de terror

Jo tinc por. Miedo de que consigan cambiarnos a golpe de atentado, a golpe de terror. Miedo de que al final consigan que nos quedemos en casa. Miedo a que acabemos cambiando nuestra vida, nuestros hábitos y nuestros derechos, conseguidos a golpe de sangre, sudor y lágrimas, y que ahora un grupúsculo de desgraciados y malnacidos pretenden arrebatarnos.

Jo tinc por. Miedo de que lo que expresamos estos días en manifestaciones de todo tipo se acabe olvidando. Miedo de que nos volvamos a relajar. Miedo a que volvamos a pensar que cada muerto en Siria, Libia o Irak no va con nosotros. Miedo a que la distancia sea el olvido. Miedo a que vuelvan a aprovecharse de nuestra desafección.

Porque acepto mis miedos, mis miedos, mis miserias y mis errores, creo que ya estoy en disposición de combatirlos

Jo tinc por. Miedo a los otros extremistas. Miedo a los xenófobos. Miedo a los racistas. Miedo a todos aquellos que por fin ven legitimada su radicalidad. Miedo al ignorante. Miedo al Cordobés. Nah, a ése no. Pero sí miedo a todos esos chavales que ahora estarán pensando que lo mejor que pueden hacer es pillar su fusil y largarse a pegar tiros por su cuenta. Miedo a todos los que piensan en que la solución se encuentra al margen de nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, las únicas a las que les hemos concedido entre todos el uso legítimo de la violencia para cuando no haya más remedio que contraatacar. Miedo a los que pretenden convertir un Estado de derecho en un far west, en un ojo por ojo, en una Ley del Talión. Miedo a la violencia preñada de más violencia. Miedo a no acudir a las causas y miedo a sus consecuencias. Miedo al nosotros y al ellos. Miedo a la simplificación, tan engañosa como tentadora en situaciones como ésta. Miedo a que un solo abrazo se convierta en noticia, y no porque no sea digno de serlo, sino porque no haya más.

Y por último, jo tinc por. Miedo al uso que se le pueda dar al dolor por parte de las instituciones, partidos políticos y entes de guardar. El dolor, ese arma de destrucción masiva que destruye incluso a quien cree que la sabe activar. Como escuché hace poco en la fantástica Feud, los conflictos no van sobre el odio, sino sobre el dolor. Por eso también tengo miedo a la división, al oportunismo, al electoralismo, a banalizar las víctimas y acabar convirtiéndolas en datos de intención de voto. Tengo miedo a lo bajo que puedan caer quienes lo hacen todo siempre «por nuestro bien».

Por todo ello, porque acepto mis miedos, mis miserias y mis errores, ya estoy en disposición de combatirlos. Y algún día, con suerte, llegar a tener la mitad de coraje del que están demostrando mis conciudadanos de a pie y todos aquellos a los que no les ha hecho falta nacer aquí para sentir y expresarse exactamente igual. 

Miedo, en definitiva, a no estar a vuestra altura.

Algo de miedo y mucho orgullo, una vez más.

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