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No es economía, es ideología

Ramón Lobo

La obsesión del FMI por recortar el Estado en beneficio del negocio privado tiene víctimas europeas y del resto del mundo

El mismo Fondo Monetario Internacional (FMI) que propone recortar las pensiones en España, con subidas por debajo de la inflación, fue el impulsor de la Iniciativa Bamako en 1987 que consistía en el cobro simbólico de las medicinas en países tan pobres como Malí, Burkina Faso y Níger, en los que millones de personas sobreviven con menos de un dólar al día. La medida fue un fracaso.

La obsesión del FMI por recortar el Estado en beneficio del negocio privado también tiene víctimas europeas. El estrangulamiento de Grecia es la más visible. Las recetas del ajuste han causado un daño, tal vez irreparable, a la Sanidad. El retroceso de es dos décadas. Y encima quiere más: las pensiones. El apetito del 1% es voraz.

Los países de Europa del Este, admiradores de EEUU por la ayuda recibida en el derribo de sus sistemas comunistas corruptos, se han convertido en laboratorios de prueba de un capitalismo depredador. Con la crisis del 2008, provocada por los excesos de los príncipes barones de Wall Street, se acabó el disimulo, el rostro humano con el que el capitalismo se tuvo que mostrar en los tiempos de la Guerra Fría. Ya no existe un coco rojo al otro lado del muro. Pasó el miedo al contagio y la ciudadanía perdió un comodín para mejorar sus derechos laborales y ciudadanos.

SE LIBRÓ DE LA CÁRCEL

Resulta sorprendente la obsesión por las bondades de lo privado en funcionarios con sueldo público, de nuestros impuestos, como es el caso de la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, condenada en Francia en diciembre del 2016 por negligencia en el manejo de fondos públicos cuando era ministra de Economía, Finanzas, Industria y Empleo en el 2007. Se libró de la cárcel, pero no de la sentencia. Ahí está predicando la buena nueva desde su púlpito de oro.

El FMI debería ser una herramienta esencial en la lucha contra los paraísos fiscales, claves en la existencia de la pobreza y la desigualdad, y en la dificultad de sostener el Estado del bienestar. Según la oenegé Oxfam, la evasión fiscal de las multinacionales deja al Tercer Mundo sin 100.000 millones de dólares al año. Con ese dinero se podría escolarizar a 124 millones de niños. Es difícil que el FMI luche contra la evasión fiscal cuando su directora gerente gana cerca de medio millón de dólares al año libres de impuestos, gastos y dietas aparte.

La sede del alto organismo está en Washington a dos manzanas de la Casa Blanca, no lejos del Capitolio de EEUU, donde se discute una reforma sanitaria que consiste en liquidar cueste lo que cueste (a los pobres) el Obamacare, un modestísimo intento de mejorar la cobertura sanitaria para millones de estadounidenses de la tercera edad y de escasos recursos.

EMPRESAS PRIVADAS

El objetivo del presidente Donald Trump y de los republicanos es aplastar ese caballo de Troya del comunismo. Así ven a la sanidad pública universal una parte importante de la población de EEUU. No entienden por qué deben de pagar de sus impuestos la atención médica de otros. El sistema sanitario funciona a través de empresas privadas de seguros médicos. Sus mejores primas no están al alcance de cualquiera.

Es difícil sobrevivir en ese sistema privatizado si una operación de apéndice puede costar cerca de 25.000 dólares y un tratamiento contra un cáncer la expulsión del seguro. Solo el senador Bernie Sanders defiende en EEUU un sistema como el europeo. ¡Un antisistema!

Las recetas del FMI, y de otros organismos internacionales con funcionarios con sueldos libres de impuestos, tratan de convertir el sistema sanitario europeo en un remedo de la ley de la selva en EEUU. La gestión privada no incrementa la calidad de la sanidad, pero sí el beneficio de los accionistas de las empresas. En España, la sanidad privada gana cuota de mercado a la par que se reduce el gasto público. El plan consiste en descarrillar lo público para justificar la gestión privada. En una de las viñetas de El Roto, el paciente pregunta, “¿qué tengo?”. El médico responde, “ a mi no me pregunte, los diagnósticos los hace el gerente”. Pasamos de ser pacientes a ser clientes.

En la batalla contra el Obamacare solo importa el odio a Obama, que incluye tintes racistas, y no las consecuencias para millones de personas, muchos de ellos votantes rurales de Trump. Si se enfadaran mucho, el sistema tiene capacidad para promover un candidato alternativo en las próximas elecciones, sea republicano o demócrata, hombre o mujer. El único requisito es tener un discurso blanqueado. Una vez instalado en el poder no hará nada que ponga en peligro la rueda de la fortuna. La de ellos, la de sus patrocinadores. 

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