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tú y yo somos tres

Unai Canela, con su padre, Andoni, en Namibia, en el programa Espíritu salvaje, de Cuatro.

MEDIASET

La mirada de Unai

Ferran Monegal

Ha merecido muy poca atención (un 5,8% de cuota de pantalla) el estreno de la aventura de la familia Canela-Margarit dando la vuelta al mundo en busca de los animales en mayor peligro de extinción (Espíritu salvaje, Cuatro). Es un dato lamentable. Sobre el mismo tema este grupo familiar había rodado una película que ha merecido ser nominada a los premios Goya.

O sea, que la audiencia de tele es otra cosa. Parece que solo buscamos en ella cotilleos o sorpresas escalofriantes. ¡Ah! Somos lo que nos han acostumbrado. El plus de este trabajo sobre fauna salvaje es que lo vemos a través de los ojos de Unai, hijo de Andoni y Meritxell, de 13 años.

Su mirada, y su manera de narrar, es un ingrediente atractivo y original. Su safari por Namibia, su encuentro con los pocos rinocerontes que se han salvado de los cazadores furtivos y de los comerciantes de colmillos, nos proporciona una visión extraordinaria. Además de entretenido, tiene un punto didáctico estimable.

Aprendemos de Unai, con su cámara, junto a su padre,que el único safari ético y respetuoso es el fotográfico. En casa nos vino entonces, enseguida, a la memoria, por contraste, aquel espectáculo tan canalla de Miguel Blesa posando con su rifle junto al cadáver de un hipopótamo al que acababa de matar. ¡Ah! Quién és depredador, lo es en Caja Madrid y en África.

UNA BAÑERA NO ES LUGAR PARA EL DELFÍN

Sigamos con la fauna. A Javier Roche (A cara de perro, Cuatro) le van a relegar a la madrugada. En la cadena no se fian de sus hazañas. Aunque son con buen fin, se le acusa de hacer trampas. En su última entrega decía haber salvado a un perro herido, pero parece que era una simulación, según acusación de un grupo animalista del Bajo Cinca.

Hay más. Estuvo el otro día en el Zoo de Barcelona. Decía que iba a acabar con la mala vida que llevan los delfines y el show del delfinario.

La verdad es que no hacía falta acabar con nada. Los lectores de EL PERIÓDICO conocemos bien esta situación gracias a las crónicas e informaciones que el compañero Carles Cols viene publicando. Desde hace tiempo ya no hay show de los delfines en el Zoo. Es una decisión tomada y clara: no se les puede tener viviendo en una palangana, eufemísticamente llamada delfinario. Quizá el problema de Roche es que necesita reinventarse como una especie de Capitán Trueno cada semana. Se ha contagiado con los métodos de la tele-impacto.

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