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Estampidas, el peligro que viene

Juancho Dumall

Lo peor del nuevo terrorismo ‘low cost’ es que apunta indiscriminadamente a todo el mundo, hombres y mujeres, niños y ancianos, turistas y nativos. Quien pasea por un lugar más o menos concurrido, asiste a un concierto o a un espectáculo deportivo, curiosea por los puestos de un mercadillo o toma un helado en una zona de terrazas puede estar al alcance de un suicida que tiene como todo armamento una furgoneta y un cuchillo de cocina.

No es extraño, en consecuencia, que cualquier ruido súbito en plena calle (un petardo, por ejemplo) o la carrera de una o varias personas (que corren para alcanzar un autobús, por ejemplo) pueda desencadenar el pánico.

El pasado sábado, más o menos a la misma hora en que tres terroristas asesinaban a varias personas en el centro de Londres, en Turín se producía una estampida de aficionados de la Juventus que veían en pantallas gigantes la final de la Champions. 1.527 personas resultaron heridas. La causa, un petardo lanzado por un joven, que fue detenido.

HISTERIA EN PLATJA D'ARO

El verano pasado, lo que iba a ser un divertimento, una inocente ‘flashmob’, degeneró en Platja d’Aro en otra estampida, con escenas de histeria colectiva. Cinco monitoras de nacionalidad alemana fueron detenidas como responsables del desaguisado. Esta Semana Santa, varios delincuentes provocaron en la Madrugá sevillana avalanchas humanas que estuvieron cerca de acabar en tragedia.

Son tres ejemplos de una fiebre que previsiblemente se nos viene encima y de la que deberíamos saber defendernos. Sin embargo, aquí se juega con algo tan irracional, tan irreprimible, como es el miedo. Pedir a la gente que reaccione con frialdad e inteligencia cuando el pánico estalla es inútil. Pero lo que podría no serlo es concienciar a la sociedad de que en las calles muy concurridas hay cosas (tirar petardos, bromear con carreras o gritos) que no se deben hacer cuando vivimos bajo una psicosis.

Más vale que nos concienciemos de eso. Porque la otra vía, intolerable, es que nos encerremos en casa y dejemos de respirar la libertad de nuestras calles.

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