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análisis

Ahora, ¿tocan los salarios?

Rafael Sambola

Hace unos días tuve la oportunidad de presentar el VIII Diagnóstico Financiero de la empresa española  elaborado conjuntamente por Cepyme y Eada Business School.

El informe evidencia una consolidación de los resultados empresariales y además el 67% de las empresas encuestadas afrontan este ejercicio con mejores perspectivas. Una de las variables clave que indica este cambio de tendencia es el porcentaje de sociedades (a  falta del cierre definitivo de la contabilidad del pasado 2016) que anticipa un aumento de sus beneficios: más del 75%.

Con estos datos, junto con la mejora de la economía en general, entra de nuevo en escena el debate sobre el aumento salarial. La fuerte devaluación interna sufrida durante la recesión y los efectos perversos de los últimos datos de inflación son argumentos que están en el origen de la discusión.  Hace aproximadamente un año el presidente del BCEMario Draghi, afirmaba el papel fundamental que tenía la recuperación salarial para volver a la senda del crecimiento sostenido. Insistía en poner más atención en la distribución de la renta. No deja de sorprender, por tanto, que la máxima autoridad monetaria europea considere que se trata de un aspecto más social que económico.

Pero  ¿cuál es el impacto económico que supone aumentar las  rentas en un entorno de recuperación económica como el actual? Este sencillo ejemplo nos puede servir para ver los pros y contras.

Supongamos que una empresa del sector farmacéutico decide aumentar un euro el salario de su único empleado. Ante esta situación, la empresa dispondrá de dos alternativas para compensar dicho incremento:

1.Si los  márgenes de contribución que actualmente ofrece el sector se mantienen en torno al 75%, la farmacéutica deberá facturar 1,33 euros más. La venta menos sus costes variables, le permitirá obtener una marginalidad igual al aumento salarial. Consiguientemente un incremento de un euro no equivale a tener que facturar el mismo importe. El efecto de este escenario será nulo, siempre y cuando se consigan estas ventas. Importes inferiores reducirán sus beneficios y estos son clave para poder devolver la deuda contraída, compensar pérdidas de ejercicios anteriores, y/o acometer inversiones sin necesidad de endeudarse.

Otra posibilidad sería incrementar proporcionalmente el precio del producto para compensar el gasto y mantener así los resultados. Además de mantener ventas, esta opción tiene también una debilidad: fomentar la inflación. Al mismo tiempo hay que ser prudentes puesto que debemos tener en cuenta el papel desempeñado por nuestras empresas exportadoras durante estos últimos años. Pero esta realidad esconde una variable  fundamental  y que no es otra que la devaluación salarial de estos últimos ocho años en todos los sectores productivos. Se trata de una medida muy dura que ha tenido que compensar las decisiones incongruentes tomadas en el periodo 2000-2008. En este espacio de tiempo los costes laborales aumentaron un 29% en relación a una cesta de 49 países que componen la OCDE.

El impacto económico también se minimizaría si la farmacéutica vinculara una parte del euro a la obtención de una serie de objetivos, tanto cuantitativos como cualitativos. La elección de esta alternativa permitiría a las partes implicadas, empresa y empleado, compartir ganancias pero también posibles riesgos futuros. El quid de la cuestión estaría en la transparencia del sistema de retribución variable y en que los partícipes del proceso vencieran el miedo a probar nuevos sistemas de retribución.

También el destino de cada euro puede tener consecuencias distintas para nuestra empresa: si se destina al consumo, se logrará el retorno del euro gastado, lo que implicaría un aumento de la facturación de nuestras empresas, incluida la farmacéutica; si el euro se aplica a reducir  algún  préstamo suscrito por el trabajador, su efecto no se percibirá en la economía real. No obstante, la disminución del riesgo que asumirá ahora el banco, le permitirá ofrecer nueva financiación a sus clientes para destinarlo al consumo. Este escenario también podría implicar una mejora en la actividad económica.

Sin embargo, si este euro se reserva para el ahorro, el efecto será nulo. Esta puede ser una situación probable si tenemos en cuenta que cada vez hay más sensibilidad al riesgo como consecuencia del envejecimiento de la población activa.

Como  puede comprobarse, son muchas y complejas las variables que pueden entrar en juego a la hora de tomar una decisión de este tipo, máxime cuando hay que posicionarse entre dar preferencia a lo “social” y/o a lo “económico”.

A mi parecer, en un entorno de progreso económico como el actual, es poco equitativo defender la necesidad de preservar la competitividad de nuestras empresas apoyándonos solo en la variable “salarios”. Las inversiones, la innovación, el talento, la mejora continua, etcétera juegan también un papel fundamental en el avance de nuestras organizaciones.

Sin duda el sentido común deberá imperar desde el inicio hasta el final en un proceso de negociación. La clave está en que las partes consigan una buena combinación de lo social y lo económico.

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