Antecedentes del debate independentista

Catalunya y la tentación rusa

El actual sucesor de Macià y Companys en la Generalitat tiene motivos para ser precavido cuando le comentan el interés de Rusia por el 'procés'

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La proclamación de la República por Francesc Macià.

La proclamación de la República por Francesc Macià.

De Barcelona a Moscú hay más de 3.500 kilómetros y durante casi todo el año el termómetro marca 15, 20 o 30 grados menos en la plaza Roja que en la de Sant Jaume. A pesar de esto, y del inmenso paisaje ruso que "hace pensar en la alta mar", por decirlo en palabras de Josep Pla, algunos republicanos catalanes buscaron en el Este la ayuda que no les llegaba del Oeste para hacer frente a las acometidas del autoritarismo español.

Fue el caso de Macià y Companys, con episodios sobre los que hoy sabemos mucho más, tras la apertura (parcial) de los archivos soviéticos y del Komintern. Y después de la publicación de dos libros excelentes: 'Macià al país dels Soviets' (Enric Ucelay-Da Cal y Joan Esculies) y 'Falsa leyenda del Kremlin' (Josep Puigsech).

Macià viajó a Moscú a finales de 1925, acompañado de un secretario-poeta, para pedir el apoyo de los bolcheviques a un levantamiento contra Primo de Rivera. Su viaje al país de los soviets fue en blanco y negro, como el que haría Tintín cinco años más tarde, y como el que habían hecho Pla y Xammar unos meses antes. El entonces líder de Estat Català fue a Moscú en busca de armas y dinero y volvió con una vaga declaración a favor del derecho de autodeterminación de Catalunya.

CONSPIRACIONES

Lenin había muerto el año anterior y el Kremlin era un hervidero de conspiraciones. Como coronel del ejército, Macià quiso ver a Trotski por quien sentía admiración, pero los días de gloria del jefe del ejército rojo habían concluido. Trostski empezaba un calvario al que pondría fin otro catalán, Ramón Mercader, 15 años más tarde, clavándole un piolet en la cabeza. 'L’avi' Macià tampoco vio a Stalin, ocupado en planificar la eliminación de sus contrincantes. Se reunió con Bujarin, entonces aliado de Stalin, y con Zinoviev, que ya era un cadáver político.

Lo hizo acompañado de José Bullejos, líder del recién creado Partido Comunista de España y de Andreu Nin que vivía en Moscú e hizo de traductor. Pero Bujarin era de los bolcheviques que todo lo supeditaban a la lucha de clases, el menos interesado en la suerte de Catalunya como nación. "El separatista es demasiado viejo y el comunista demasiado joven" garabateó en una nota despectiva.

LAS PRISAS DE MACIÀ

Los bolcheviques no entendían las prisas de Macià por dar el golpe mientras el ejército español estaba enfangado en el Rif. Y no se tomaron muy en serio los informes con los que avaló su petición. Lo cierto es que, leídos hoy, resultan patéticos. Sobre todo cuando intenta convencer a sus interlocutores de que, una vez derrocado el directorio militar, "todos los caminos quedarán libres para nuestro ideal y para el vuestro". O sea para la independencia y para el comunismo. Algo más fácil de explicar en Moscú que en Barcelona.

Francesc Macià viajó a Rusia después de comprobar que la doctrina de Woodrow Wilson a favor de la autodeterminación de los pueblos no se traducía en un apoyo a la causa separatista catalana. Su estancia, que duró un mes, terminó en fracaso. Como lo fue la aventura armada de Prats de Molló. Aunque la historia demostró, al poco tiempo, que de fracaso en fracaso se puede llegar a la victoria: las elecciones de 1931.

HITLER Y MUSSOLINI

Companys salió al balcón de la Generalitat, puño en alto, al lado del cónsul soviético en Catalunya, tras comprobar que la intervención de Hitler y Mussolini a favor de Franco no modificaba la política de no intervención de las democracias europeas. La complicidad entre él y Antonov-Ovseenko fue tal que el viejo líder bolchevique aprendió catalán. Y cuando llegó el primer barco ruso al puerto de Barcelona, le esperaban casi medio millón de personas, ansiosas de mandar armas al frente de Aragón.

Ahora quien viaja  a Moscú es Marine Le Pen. Y los gobernantes catalanes prefieren Bruselas... y EEUU

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Pero el barco solo llevaba comida, y las armas tardarían en llegar. Stalin tenía otras prioridades. No enemistarse con Francia e Inglaterra, contener las veleidades anarquistas, y eliminar al líder del POUM. Ovseenko vivió de cerca la soledad de Companys, prisionero de un gobierno de la República que no le hacia caso y de una FAI dueña de las calles. Llegó a entender tanto a Catalunya, con su tradición anarquista y sus aspiraciones nacionales, que Stalin le fusiló cuando volvió a Moscú. Como hizo con Zinoviev, Bujarin y con casi todos los bolcheviques de la primera hora.

Con estos antecedentes, se entiende que, por ahora, el actual sucesor de Macià y Companys en la Generalitat sea precavido cuando le comentan el interés de Rusia por el proceso político catalán. Son otros tiempos. Ahora, quien viaja a Moscú es Marine Le Pen. Y los gobernantes catalanes prefieren Bruselas... y Estados Unidos.