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Gemma Chang, protagonista de la serie ’Humans’, que imagina un mundo con robots inteligentes. 

Gemma Chang, protagonista de la serie ’Humans’, que imagina un mundo con robots inteligentes.  / AMC

El 'futurólogo' Ian Yeoman y la sexóloga Michelle Mars escribían, en el 2012, en la revista 'Future' el artículo: 'Robots, hombres y turismo sexual', afirmando: "En el 2050, en el distrito rojo de Amsterdam solo trabajarán prostitutas-robot, libres de enfermedades venéreas y no obligadas a prostituirse ilegalmente por mafias del Este. El Ayuntamiento controlará los precios y los servicios".

No es mi intención hablar de robótica y sexo, pero sí quisiera resaltar del texto el habitual tono hiperbólico (no quedarán prostitutas de carne y hueso) moralizante (la prostitución estará regulada, será limpia etc.) y descontextualizado (las mafias no reaccionarán a la introducción de androides) común a las noticias relacionadas con las nuevas tecnologías y sus impactos sociales.

Sobre este tema Elizabeth Garbee, de la Universidad de Arizona, nos alerta: "Existe el peligro de que la élite tecnológica vea el futuro como un apéndice de sus valores, producto de una tecnología maravillosa". Ese "peligro" ya es hoy ideología dominante y se resume en un mantra: desaparece el trabajo humano por imperativo tecnológico, pero eso es bueno porque nos lleva a un mundo feliz (con algunas víctimas, que son el precio a pagar por la redención universal).

Es un pensamiento con antecedentes. En 1958, Hannah Arendt relató en 'La condición humana' que la automatización "liberaría a la humanidad de su más antigua carga, la del trabajo". Y el escritor  C.S. Lewis se preguntaba "si los robots permiten al ser humano dedicar más tiempo a ser y no sólo a estar, ¿les daremos la espalda?".  Bien, no se trata de dar la espalda a nadie, pero sí de no perderse en la ciencia ficción.

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El  informe 'A future that Works' de McKinsey GI (2017) es ejemplar en ese sentido. Les resumo sus conclusiones: con la tecnológica actual solo un 5% de ocupaciones son candidatas a desaparecer, aunque un 60% puedan automatizarse parcialmente en plazos muy largos, y porque algo sea técnicamente posible no quiere decir que sea viable, por varias razones: porque la tecnología tiene que poderse integrar en un entorno humano (trabajar con robots es complejo), porque su desarrollo y aplicación tiene un coste que supera muchas veces su viabilidad económica, y en fin, porque tiene que haber aceptación social.

Un ejemplo sobre esto último. El bar totalmente automatizado sin barra ni camareros ya existe. Pero, como dice Juan Tallón, en 'Mientras haya bares': "Un pueblo que pierde la capacidad para convocar una reunión alrededor de la barra de un bar, es un pueblo muerto". Si ir al bar es algo más que tomarse una bebida, si es un lugar de socialización (lo que ocurre en Europa), su automatización será viable en teoría, pero bastante difícil en la práctica. Una buena noticia para los camareros, y para el empleo.

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