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Si no oyes, recuerda tu propio pasado no tan lejano, el éxodo masivo que vivió tu población a causa de las guerras

Europa, escucha atentamente y podrás oír el sonido metálico de las vallas de alambre de tus límites. Oirás las aguas revueltas de tu mar, el mar que compartes con las tierras del sur y del este.

Escucha, Viejo Continente, y oirás el sonido de los dedos aferrándose a la alambrada, las manos arañando el agua, brazos y piernas deslizándose bajo las barreras. Te llegará el ruido del roce de los cuerpos al traspasar fronteras, cuando esquivan controles. Si escuchas bien te llegarán los latidos del corazón, la sangre golpeando las sienes, la respiración acelerada de quienes tienen que vivir sorteando obstáculos. Si prestas atención notarás el viento helado, la lluvia y la nieve calando la ropa y la piel. Los pies empapados, las espaldas doblegadas y los músculos en tensión que cargan con familiares o que intentan, simplemente, no dejar escapar la vida. Sabrás cuál es la densidad exacta del silencio que se hace en una barca frágil atestada de personas que flota en alta mar en mitad de la noche. Entenderás así los versos de la poetisa Warsan Shire cuando dice: «Todos mis hijos están en el agua. Creí que el mar era más seguro que la tierra».

ES URGENTE REACCIONAR

Escucha, Europa, las palabras de los que llegan a tus puertas pidiendo cobijo, lo que te cuentan no tiene nada de banal, ni cotidiano, ni es secundario, y la respuesta de tus instituciones no puede esperar. Es urgente que escuches y te hagas cargo de lo que está pasando cerca de ti. Hace años que es urgente que reacciones. Cada minuto que tardas en hacerlo es una vida que puede acabarse, una experiencia de dolor que no encuentra amparo. No puedes decir que no entiendes las razones de la huida ni las condiciones de vida de los que te piden auxilio. Ahora ya no. La información llena todos los días los periódicos y las imágenes son abundantes, explícitas, tomadas desde todos los ángulos. En este caso, no puedes poner el desconocimiento como excusa. Hay mil canales distintos desde donde llegan las noticias diarias del horror, no podrás decir que no lo sabías.

Eres responsable de cada vida que se pierde porque demasiado a menudo tiendes tu mano a los culpables de la barbarie

Escucha, Europa, las historias concretas de cada uno de los que te las cuentan porque no hay nada más valioso, más importante, que el relato individual. La madre que toma con fuerza la mano del hijo, el hijo que dibuja al padre que se quedó atrás, el chico que jugaba en la calle o la maestra que ya no puede enseñar. El periodista que tiene que hablar de su país desde lejos, el médico que ya no puede socorrer a sus vecinos. La mujer que ha hecho el camino con el miedo en el cuerpo, el miedo de estar fuera de casa y de ser mujer en medio de la nada. Escucha atentamente los relatos de bombas, de casas que caen, de falta de agua y esperanza. De nuevo escucha lo que dice Warsan Shire: «Nadie deja su hogar a menos que el hogar sea la boca de un tiburón».

CÓMPLICE DE LA TRAGEDIA

Si no oyes, Europa, entonces recuerda. Recuerda tu propio pasado, no tan lejano, el éxodo masivo que vivió tu población a causa de las guerras, cómo se iban y cómo fueron acogidos en tantos países del mundo. Entonces eran ellos quienes escuchaban el sonido metálico de las vallas de alambre y quienes se veían obligados a separarse de sus seres más queridos. Eran ellos, los europeos, los que se apiñaban en la bodega de un barco esperando llegar a un mundo donde no llovieran balas. Era lo único que buscaban, igual que los que te interpelan ahora, la paz.

Recuerda también cómo fue que empezó la guerra de Siria. Recuerda que al otro lado del mar la gente se alzó contra los gobiernos déspotas y en Siria el alzamiento pacífico fue el inicio del horror, de perderlo todo, de ver desaparecer el país entero bajo las ruinas.

Europa, tú también eres cómplice de la tragedia. No solo porque no das asilo a quienes te lo están pidiendo, ni porque el blindaje de tus fronteras, más impenetrable que cualquier muro, esté llenando de cadáveres el fondo de tu mar. Eres responsable de cada vida que se pierde porque tiendes demasiado a menudo tu mano a los culpables de la barbarie. Cada apretón de manos, cada reunión diplomática, cada medalla de honor que cuelgas del cuello de los verdugos es una losa encima de los inocentes. Cada disparo que sale de una arma que has vendido es un disparo que ha salido también de tu territorio.

Escucha, Europa, por lo menos, a tus propios ciudadanos que claman al unísono y te piden que abras las puertas, que no traiciones los principios básicos sobre los que se sostienen tus democracias: el derecho a la vida y a la dignidad de todas las personas. 

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