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Rita Barberà (centro), la alcaldesa de Valencia, en el funeral de Pepe Sancho.

MIGUEL LORENZO

La soledad y los políticos

Jordi Puntí

Pasan los años, y las temporadas, y a veces todavía me acuerdo de una teleserie excelente, pero que no hizo mucho ruido. Se llamaba 'Boss', la estrenaron en el 2011 y solo se filmaron dos temporadas. La protagonizaba Kelsey Grammer, ese actor que durante años brilló como Frasier, el psicólogo radiofónico. En 'Boss' era el alcalde corrupto de Chicago y manipulaba a todo el mundo para asegurarse la reelección en el cargo. La serie tenía un punto exagerado y caricaturesco, de una violencia (aparentemente) poco realista, pero hoy se ve como una influencia de 'House of Cards': la frialdad de Frank Underwood, que interpreta Kevin Spacey, se refleja en la de Boss. Efectismos de guion aparte, 'Boss' mostraba algo muy valioso: la soledad de los políticos, el enroque a toda costa para mantener los privilegios del poder. Esa obsesión era patente porque al protagonista, el alcalde, le diagnosticaban una enfermedad mental degenerativa y él la ocultaba para seguir gobernando.

Estos días, el caso de Rita Barberà me ha hecho pensar de nueve en la teleserie 'Boss'

Estos días, el caso de Rita Barberá me ha hecho pensar de nuevo en 'Boss'. Según un informe médico, publicado por 'El Mundo', la alcaldesa de Valencia no murió de un ataque al corazón, sino de una cirrosis avanzada y de un fallo multiorgánico debido a la enfermedad. Sin caer en comparaciones grotescas, Rita Barberá también se había perpetuado en el poder: rodeada de casos de corrupción y alienada cada vez más de su partido, días antes de morir hacía la siesta en el Grupo Mixto del Senado, donde su carácter mandón había hallado un receso temporal.

El mismo día de su muerte, cuando se decía que la causa era el ataque de corazón, muchas voces del Partido Popular ya se aprestaban a sacarle un rendimiento político: por arte de magia, la encausada pasaba a ser víctima de un linchamiento periodístico, de la presión mediática. No esperemos que los que levantaron la voz ahora pidan perdón, no sucederá, pero el informe médico solo deja dos opciones. Si los amigos y compañeros de partido conocían la cirrosis avanzada, la causa real de su muerte, entonces actuaron con un cinismo repugnante. Si no la conocían, casi es peor: aislada de todos, Rita Barberá murió en una soledad dramática, fallera.

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