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DÍA MUNDIAL DEL CÁNCER

Un hospital en Nairobi (Kenia).

JOSEP GARCIA

Los dos mundos del cáncer

Rafael Vilasanjuan

En todo Uganda hay un solo equipo de radioterapia; en Kenia, el precio de una mamografía supera el sueldo medio mensual

No hay nada que esté tan globalizado como el cáncer, nada que nos haga tan iguales. A diferencia de las enfermedades infecciosas, que matan principalmente en países pobres, el cáncer, tradicionalmente una enfermedad reservada a los países en donde la población alcanza mejores cotas de vida, ya no hace diferencias entre las poblaciones en función de sus recursos.

Aquí todos conocemos a alguien que la padece o hemos tenido casos cerca, pero tal vez sorprenda que los habitantes de los países pobres no están menos expuestos. De los casi 15 millones que se diagnostican cada año, el 70% se produce en países de ingreso medio y bajo, un porcentaje que ha crecido con rapidez en las últimas décadas. Las fronteras entre el mundo ‘desarrollado’ y ‘en desarrollo’ se difuminan para dar lugar a un panorama más complejo en el que la salud “de los pobres” ya no se limita a los riesgos de un parto o a un puñado de enfermedades tropicales.

No es nada nuevo. El cáncer siempre ha estado ahí asomando permanentemente como la punta de un iceberg que oculta una panza enorme, de muchos otros casos que ni siquiera se diagnostican. Si acaso la expansión en el consumo del tabaco, la polución y sobre todo la capacidad de que la edad de la gente avance, también en estos países, han hecho que la punta emerja hasta hacerla visible. Pero existir, existía, la diferencia no está en la enfermedad sino en sus consecuencias. Es ahí donde la distancia que separa a unos y otros sigue siendo abismal. La mayoría de los gobiernos de estos países no han hecho del cáncer una prioridad de salud pública en sus políticas y no por falta de voluntad, mas bien por la falta de soluciones para atender a los que padecen esta enfermedad maldita. Saben que tienen delante el iceberg, pero prefieren mirar a otro lado.

LA DOBLE CONDENA

Tomemos el caso de dos mujeres jóvenes a las que se les diagnostica cáncer de pecho, una en Barcelona y otra en Nairobi. Mientras aquí, las posibilidades de superarlo mediante cirugía y tratamiento alcanzan a 8 de cada 10 mujeres, en la capital de Kenia el anuncio de un cáncer de pecho es una condena a muerte. Apenas hay recursos para atender y cuando los hay están reservados para quien puede pagarlos. En Uganda, por ejemplo, hasta el año pasado, solo había un equipo de radioterapia en todo el país; en Kenia, solo una mamografía para detectarlo, una practica que evitaría muchas muertes, es mas cara que el sueldo medio mensual. Y eso es solo el inicio, luego viene la cirugía, el tratamiento y todos los costes derivados de la hospitalización. Un gasto catastrófico que arruina a las familias, una realidad que margina a quien sufre esta enfermedad al olvido de una muerte lenta.

Si el cáncer es el mismo aquí y allá  la cuestión es ¿por qué no somos capaces de empezar a globalizar también la respuesta? Aportar algo de nuestra capacidad aquí evitará que las poblaciones mas desfavorecidas estén sometidas a una doble condena: la enfermedad y lo que es peor, la falta de esperanza.

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