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Siempre pensé que la vieja Tadmor me estaba esperando (porque hay lugares y personas, también sueños, que nos esperan especialmente a nosotros)

Hace unos días se difundía la noticia de que el Estado Islámico (ISIS en sus siglas inglesas) había destruido o causado graves daños al teatro romano y al Tetrapylon de Palmira. Palmira, la vieja Tadmor, la novia del desierto, la mítica ciudad romana de casi 2.000 años de antigüedad. Es la segunda vez que el ISIS arrasa el yacimiento romano. Hace más de un año, antes de ser expulsados por el ejército sirio, dinamitaron el Templo de Baal y el arco de triunfo, además de destrozar varias tumbas funerarias. A pesar de eso, después de visitar el yacimiento y de evaluar los daños, el jefe sirio de antigüedades aseguró que el 80% de las ruinas de Palmira estaban en buen estado.

Ahora los salvajes han vuelto.

Siempre pensé que Palmira me estaba esperando (porque hay lugares y personas, también sueños, que nos esperan especialmente a nosotros y a nadie más).

Palmira me estaba esperando a mí, del mismo modo que un amante nervioso espera a su amada en una habitación de hotel, encendiendo y apagando el televisor, abriendo mil veces seguidas el minibar, mirándose al espejo de reojo y preguntándose si está guapo.O yo la estaba esperando a ella. No quería ir a Palmira, iba a ir a Palmira. Todavía no había llegado nuestra hora, pero iba a llegar ineluctablemente (en algún lugar del mundo, estoy segura, había un péndulo cuyo vaivén nos iba acercando, un reloj que marcaba nuestra hora).

Sabía que llegaría sedienta  a sus puertas, con la coleta medio deshecha, las pupilas dilatadas y el corazón acelerado. No me importaría que hubiese tenido miles de amantes antes que yo. No me importaría que se burlase de mis nervios, ni de mi piel tan pálida y salpicada comparada con la suya, ni de mis manos vacilantes y temerosas como las de los niños cuando roban unas golosinas.

UNA CERTEZA

Palmira no era un amor posible entre los cientos de amores que nos presenta la vida, Palmira era una certeza, estábamos unidas antes de haberlo estado. Sabía que recorrería sus calles, que la luz sería rosada y suave, que tendría los labios secos y muchas ganas de beber vino, que le cogería muy fuerte la mano a alguien, que me costaría un poco respirar. Sabía que después de estar con ella, me sentaría en algún lugar para descansar y mirarla desde un poco más lejos (a los amantes hay que mirarlos de cerca, pero también de lejos), sabía que tendría unas ganas terribles de fumar. 

Y sabía que me sentiría feliz y triste a la vez, como con todos los grandes amores, que primero te remiten a la vida y luego a la muerte, y luego otra vez a la vida. Y sabía que no querría irme nunca de su lado, y que aunque me fuese, no me iría.

Palmira ya no será mía. Yo no seré suya. Estoy de luto.

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