INTANGIBLES

Donde nadie les espera

Vivimos en un mundo incierto donde cualquier elección es una oportunidad, pero también es un riesgo

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Un día de junio de 1968 me gradué como licenciado por Esade en una ceremonia en la que todos éramos hombres. Acabado el acto,  mi padre me dijo “yo ya he cumplido”. El mensaje era claro: a partir de aquel día lo que yo hiciera era mi problema. Tenía los recursos y mi responsabilidad era decidir qué hacer con ellos.

Aquellas graduaciones eran “ritos de paso” a la edad adulta, el acceso a una independencia económica. Y ello gracias a un trabajo que te estaba esperando, que te permitía marchar de casa y te capacitaba para formar una familia si ese era tu deseo. Una transición emocionalmente difícil, pero laboralmente clara, donde la predictibilidad era la norma.

En la actual “era de la incertidumbre” el paso a la edad adulta es un proceso desarticulado donde es difícil alcanzar tantas independencias al mismo tiempo: consigo un trabajo, pero no puedo abandonar el cobijo familiar; o no puedo formar una familia, o formo una familia, pero dependo de mis padres. En este contexto, hay itinerarios “largos” donde el acceso a la edad adulta se logra entre los 25-30 años, algo cada vez más normal en las clases medias-altas donde los padres financian másters diversos, frente al paso rápido, a partir de los 16 en la clase más desfavorecida.  

Este último grupo entra en la edad adulta de forma prematura, con un bagaje de conocimientos y competencias sociales deficientes, que les dan acceso a trabajos de baja cualificación cada vez más escasos y que, además, sufren la competencia del grupo de los formados en trayectorias largas. Son, sin duda alguna, un grupo muy vulnerable, carne de cañón para engrosar la economía sumergida y aspirantes a comportamientos sociales irresponsables, como las maternidades y paternidades adolescentes.

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Sea cual sea el punto de partida, hoy en día, la ruta laboral no está definida, como lo estaba en mi juventud. Se construye en la práctica como conjunto de saberes, experiencias y competencias que se utilizan de forma discontinua en el mercado de trabajo. Es un mundo incierto donde cualquier elección (¿debería aprender chino? ¿es un error aceptar este trabajo que me impide seguir estudiando?) es una oportunidad, pero también es un riesgo. Y lo es más para los que se incorporan de forma prematura a la edad adulta donde nadie les espera.

Un campo abonado para una necesaria redefinición de las políticas activas de empleo, sobre todo para los jóvenes prematuramente adultos, o para los incapaces de asumir ninguna responsabilidad adulta como sería el caso de los que ni estudian ni trabajan. Pero también para las mujeres en riesgo de exclusión o para los parados crónicos. Redefinición de las políticas activas que deben basarse en tres principios: informar, aconsejar y acompañar, y en la voluntad política (capacidad ya hay) de hacerlo con una asignación presupuestaria adecuada.